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Nota de la Redacción: Los circunstanciales “aliados” de Estados Unidos son quizá tan
peligrosos como el supuesto terrorismo islámico. Léase con atención lo que
dice al respecto Fuller cuyo meta mensaje es: Sería irónico que Estados Unidos consiguiese a Bin
Laden y en el proceso perdiese Pakistán
Créditos
– Fuente: Graham
E. Fuller es ex vicepresidente del Consejo Nacional de Inteligencia de la
CIA. Fue agregado político en la Embajada de EE UU en Kabul desde 1975 a
1978 y es autor del estudio Islamic Fundamentalism in Afghanistan
publicado por Rand Corporation. © 2001
(Ver nuestro Directorio). El artículo es
propiedad de Global
Viewpoint, que ofrece información internacional publicando al menos una
vez por semana la opinión de líderes mundiales y distribuido por Los
Angeles Times Syndicate International, una división de Tribune Media
Services.
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Afganistán y el terrorismo
Pocas cosas podrían ser tan desalentadoras como la geopolítica al
enfrentarse con el terrorismo en Afganistán. En toda la región hay multitud
de programas contrapuestos que atañen a la política islámica, ninguno de
cuyos elementos encaja plenamente con los intereses de Estados Unidos. Los talibán llegaron al poder en Afganistán
en 1996, con la misión de restaurar la ley y el orden -basándose en una
interpretación fuertemente conservadora y básica del Islam- en un país
sacudido desde la ocupación soviética por una larga guerra civil. De hecho,
heredaron un país lleno de campamentos de instrucción para activistas y
radicales islámicos procedentes de toda Asia. Aunque ellos tenían pocos
proyectos islámicos externos, permitían la presencia de estos luchadores, un
gran número de los cuales había ayudado a liberar a Afganistán de los soviéticos.
No han querido
expulsarlos, tanto por lealtad islámica como porque estos combatientes han
ayudado a los talibán a luchar contra las fuerzas del anterior régimen
islamista, incompetente pero más moderado.
El único hecho básico es que el Islam actúa en el mundo musulmán como vehículo
natural de la política. Al igual que los occidentales consideran las
revoluciones francesa y estadounidense como modelos de libertad frente a la
tiranía, o la Carta Magna como doctrina básica de buen gobierno, en el mundo
musulmán el Corán sirve de fuente de justicia, humanidad, buen gobierno y
oposición a la corrupción. El Islam proporciona la ideología tanto a la lucha interna contra el
gobierno autoritario laico como a las minorías musulmanas que aspiran
a liberarse del control frecuentemente estricto de los no musulmanes.
De esta
forma, Asia Central ha producido un revoltijo de movimientos islámicos
-muchos de los cuales son ahora bastante radicales o violentos- todos en
respuesta a lo que en su opinión han sido unas condiciones radicales y
violentas de dictadura, opresión a los creyentes, corrupción y mal gobierno. El único hecho básico es que el Islam actúa
en el mundo musulmán como vehículo natural de la política.
En sus diez años de
independencia, Uzbekistán, bajo un régimen neoestalinista, ha encarcelado,
torturado, matado o enviado al exilio a miembros de los partidos de la
oposición y a los líderes de cualquier tendencia.
Uzbekistán: Las ruinosas políticas uzbecas han conseguido así
generar un movimiento islámico de oposición armada allí donde no existía
ninguno; de hecho, al Gobierno uzbeco le gustaría cooperar con Washington
contra el 'terrorismo', el nombre que da a toda la oposición.
China: La opresión china a los ocho millones de personas que
forman la minoría turca musulmana de los uigures, en Xinjiang, ha empujado a éstos
al nacionalismo y al Islam para oponerse al colonialismo de los Han. Estos
movimientos se han vuelto violentos. A China le encantaría participar en la
'guerra contra el terrorismo' de Washington, para justificar el aplastamiento
de la actividad de los uigures.
Chechenia: Los chechenios llevan más de 100 años luchando por
independizarse de Rusia, tradicionalmente en nombre de una lucha islámica.
También Rusia daría la bienvenida a una 'guerra contra el terrorismo' que
justificase el aplastamiento de los chechenios.
Cachemira: Los cachemires musulmanes sienten la mano dura del mal
gobierno hindú e invocan el Islam como parte de su lucha.
Takijikistán: En Tayikistán, la lucha de clanes ha
adoptado en general una coloración islámica.
Irán: También Irán odia a los talibán, porque son claramente
antishiíes.
Pakistán: Y en lo que se refiere a Pakistán, los campamentos
afganos proporcionan instrucción a las fuerzas de la guerrilla cachemir que
constituye el principal punto de apoyo de Pakistán en Cachemira y una baza de
negociación con India para que ésta conceda a Cachemira más autonomía, e
incluso la independencia.
Todos estos pueblos -los
uigures, los chechenos, los cachemires, los uzbecos e incluso algunos
movimientos de oposición árabes- han estado utilizando Afganistán para
adiestrar a la guerrilla, muchos desde hace más de 20 años. A menudo ponen en
común sus recursos para ofrecer ayuda a otros musulmanes sitiados: los
bosnios, los kosovares, los moros de Filipinas.
Estrictamente hablando, no
es Afganistán el que ha generado los movimientos, sino más precisamente, han
sido las condiciones generales las que han generado los movimientos que han
buscado refugio en Afganistán. Pero casi todas estas potencias regionales
-India, Irán, Rusia, China, Uzbekistán- se alegrarían del fin del régimen
afgano que proporciona refugio a sus movimientos de oposición. Aquí Estados Unidos se enfrenta a
algunos compañeros de viaje difíciles de digerir.
Pero hay límites a la tolerancia geopolítica que hasta estos Estados
presentan a los objetivos de Washington. Aunque ninguno derramará lágrimas
por los talibán, casi todos son hostiles a cualquier asomo de hegemonía de
Estados Unidos en Asia y al unilateralismo estadounidense. Temen el
precedente que supondría una acción militar estadounidense en la puerta de su
casa, y que fortalecería el intervencionismo estadounidense en todo el mundo.
En Oriente Próximo, la
mayoría de los regímenes autocráticos se enfrentan a una oposición política
procedente principalmente de los movimientos islámicos locales, la mayoría de
ellos no violentos, pero con unos cuantos bastante violentos, como en Argelia
y Egipto. Muchos musulmanes consideran los movimientos islamistas como vehículos
naturales para luchar por el cambio, a menudo pacífico, contra regímenes
afianzados que se niegan a liberalizarse: en Egipto, Arabia Saudí, Argelia, Túnez,
por nombrar sólo algunos. En consecuencia, si una 'guerra estadounidense
contra el terrorismo' acaba siendo una guerra en nombre de los regímenes
establecidos contra movimientos islamistas locales, incluso contra los pacíficos
(o fortaleciendo el control israelí sobre los palestinos), es probable que
engendre mucha desconfianza hacia el verdadero programa político
estadounidense. La decisión es muy difícil porque, conforme avanzan, todas
estas luchas tienden a radicalizarse o hacerse más violentas. Las soluciones razonables y
equitativas de los problemas palestino y cachemir son casi un requisito
previo para conseguir una verdadera aquiescencia regional a los objetivos bélicos
estadounidenses.
Pakistán está en la posición
más difícil de todas. Enfrentado a la poderosa India al este, Islamabad
necesita un régimen amistoso y profundidad estratégica en el oeste. Ayudó a
los talibán a llegar al poder para restaurar el orden en Afganistán mediante
unas fuerzas amistosas. No contó con que Afganistán se convirtiese en el
centro de la controversia. Aunque los líderes paquistaníes no sienten pasión
por Osama Bin Laden, los talibán son un aliado útil. Si se viese obligado a
forzar a los talibán a entregar a Bin Laden, Pakistán correría el riesgo de
sufrir una importante reacción violenta de una población islámica que le
considera un héroe, por haberse enfrentado con éxito no sólo a la URSS, sino
ahora también al 'imperialismo estadounidense'. Sería irónico que Estados Unidos consiguiese a Bin Laden
y en el proceso perdiese Pakistán a favor de los fundamentalistas partidarios
de la línea dura.
En resumen, en buena parte
de Oriente Próximo y de Asia, es muy difícil separar el 'terrorismo' de la
política, especialmente a los ojos de los musulmanes. Por lo tanto, al
intentar por todos los medios involucrarse en la política interna de multitud
de países, es probable que Washington pierda amigos en el plano popular.
Pocas cosas podrían ser tan desalentadoras como la geopolítica al enfrentarse
con el terrorismo en Afganistán. En toda la región hay multitud de programas
contrapuestos que atañen a la política islámica, ninguno de cuyos elementos
encaja plenamente con los intereses de Estados Unidos. Los talibán llegaron al
poder en Afganistán en 1996, con la misión de restaurar la ley y el orden
-basándose en una interpretación fuertemente conservadora y básica del Islam-
en un país sacudido desde la ocupación soviética por una larga guerra civil.
De hecho, heredaron un país lleno de campamentos de instrucción para
activistas y radicales islámicos procedentes de toda Asia. Aunque ellos tenían
pocos proyectos islámicos externos, permitían la presencia de estos
luchadores, un gran número de los cuales había ayudado a liberar a Afganistán
de los soviéticos.
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