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La guerra que ha comenzado ya

La guerra que ha comenzado ya

Publicado el jueves, 13 de septiembre de 2001 en El Nuevo Herald

 

 

Vicente Echerri

 

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Nueva York -- La sensación que todavía me anima es el asombro; desde que viera desplomarse las torres gemelas del Centro Mundial del Comercio hace unas horas, el estupor se apoderó de mí: se trataba de la escena irreal de una mala película de acción inverosímil que, de pronto, se convertía en la realidad, como si el mismísimo Godzila hubiera salido de las aguas del Hudson.

Los supersticiosos --y algunos que no lo somos tanto-- han tenido que recordar a Nostradamus, aquel astrólogo, brujo y adivino (todo en uno) del siglo XVI que predijo en versos sibilinos cinco siglos de historia. Según algunos de sus intérpretes, la ciudad de Nueva York estaba destinada a la destrucción a manos de los árabes. No sé si los terroristas que estrellaron dos aviones contra el CMC esta semana conocían esta críptica profecía, pero, sin duda, han dado los primeros pasos por cumplirla.

Si el atentado que cambió en unos minutos el semblante de Nueva York cumple o no los terribles presagios del astrólogo renacentista, todavía está por verse; lo cierto es que --sumado a la agresión contra el Pentágono, ocurrida casi a la misma hora, y al secuestro de un cuarto avión que, al parecer, no alcanzó sus objetivos-- echa por tierra la confianza y la autocomplacencia con que viven muchos norteamericanos: al estupor se suma una sensación inédita de vulnerabilidad, si no de indefensión. De nada valen las medidas restrictivas a que nos someten en los aeropuertos, cuando unos bárbaros del desierto pueden secuestrar cuatro aeronaves en el lapso de un rato; de nada valen las precauciones que se toman en la azoteas de los edificios del gobierno federal cuando un avión puede venir a estrellarse, al parecer sin impedimentos, en aquél donde sesiona el alto mando de la primera potencia de la historia.

Estos hechos, a qué dudarlo, constituyen el mayor ataque que Estados Unidos haya recibido en su propio territorio, no sólo por el carácter simbólico de los edificios agredidos, sino por el enorme número de muertos y la conmoción material y moral que conlleva. Nunca antes la acción del enemigo había alterado tan drásticamente la vida de las dos ciudades más importantes del país, y virtualmente paralizado a la nación entera. Nunca antes el gobierno norteamericano se había sentido tan confundido frente a un enemigo de tan escasa talla que, al mismo tiempo, es capaz de producir tan cuantiosos estragos.

Los árabes y sus amigos no tardarán en decir que la acción de unos extremistas no debe servir de pretexto para juzgar a toda una cultura y menos aún para discriminar a los inmigrantes musulmanes en Estados Unidos, la mayoría de los cuales se declaran celosos defensores de la ley. En líneas generales, esto podría argüirse; pero una visión más a fondo no nos permitiría ser tan liberales: toda ideología es responsable hasta de sus propios errores, y así como puede afirmarse que en los dichos de Cristo ya está en ciernes la Inquisición, o en las teorías de Marx el gulag ruso, en el Corán ya encuentran cabida y justificación los terroristas suicidas de esta semana.

Más de una vez, desde estas mismas páginas, me he atrevido a pronosticar un inevitable enfrentamiento entre Occidente y el islam en este siglo que comienza. La convicción que dicta este pronóstico no se basa en la grave o capciosa interpretación de los versos de Nostradamus, sino en un elemental conocimiento de la historia, en la existencia de ``culturas'' cuyas diferentes cosmovisiones los obliga a la pugna. Ese enfrentamiento se agudiza necesariamente en la medida en que el mundo se achica y Occidente impone los presupuestos de su civilización en una “aldea global''.

La perspectiva, pues, no puede ser alentadora, y las contradicciones que hoy enfrentan a los más puros del Islam con Occidente no harán más que acrecentarse y radicalizarse, ya que responden a visiones que no admiten una auténtica conciliación: se trata del viejo conflicto entre la simpleza agresiva de un monoteísmo ramplón, resucitado fervorosamente por estos ulemas guerrilleros, y la rica complejidad que se originó alguna vez en el Mediterráneo.

Entre tanto, a unos pasos de la puerta de casa puedo ver aún el humo y el polvo que se levantan en el lugar donde estuvieron las orgullosas torres que definieron el perfil de Nueva York en los últimos treinta años. Y al estupor, empieza a suceder la pena inevitable por los muchos que han muerto, inocentes de esta guerra que ha comenzado ya.

 

 

 

 



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