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La derrota
de los talibán, un objetivo estratégico
Por Edward W. Luttwak, miembro directivo
del Centro de estudios Internacionales y Estratégicos de Washington,
publicado por El país de Madrid el 9 de Octubre 2001. .
Como era inevitable después de que los talibán se negaran a cumplir las
exigencias de Estados Unidos, el bombardeo ha empezado. El ataque sólo se
podría haber detenido con la entrega de Osama Bin Laden a los representantes
del Gobierno estadounidense, pero la mejor contraoferta que han hecho los
talibán ha sido que le entregarían a un tribunal islámico vagamente definido,
lo cual no es evidentemente una respuesta apropiada para el tajante ultimátum
del presidente Bush. Ahora, el seguir tolerando a los talibán a cambio de Bin
Laden vivo o muerto está fuera de toda cuestión; su derrota se ha convertido
en un objetivo estratégico para Estados Unidos y en un compromiso inalterable
para el propio presidente Bush.
En Afganistán no hay ningún objetivo decisivo como había en Kosovo e
Irak; no hay edificios del Gobierno, instalaciones militares ni armamento de
alta visibilidad cuya destrucción pueda garantizar por sí misma la victoria,
y ni siquiera acercarla mucho más. Los objetivos, tal como están, eran
perfectamente previsibles: las armas antiaéreas y los pocos aviones caza
operativos para permitir que el bombardeo siguiera adelante sin grandes
riesgos, edificios de centros de operaciones en Kandahar, Jalalabad, Kabul,
Kunduz y la conquista talibán situada más al norte, Mazrat-i-Sharif, así como
los almacenes de munición dispersos que los talibán necesitan para combatir a
la Alianza del Norte.
Naturalmente, ésa es precisamente la cuestión: como los talibán están tan
poco organizados, ya que son más una federación de bandas armadas que un
Gobierno y un Ejército normal, el bombardeo no puede servir para destruir su
sistema militar, porque tal cosa no existe. El bombardeo sólo puede triunfar
si ayuda a la Alianza del Norte a conquistar terreno contra los talibán.
Su mayor punto fuerte era el
dinero que recibían de la familia gobernante saudí -en recompensa por su
adopción del islam wahabí más intolerante favorecido por los saudíes- con el
que compraron la lealtad de jefes militares autónomos y munición para su
artillería, sus tanques y su infantería.
La semana pasada, la familia
gobernante saudí decidió por fin dejar de enviar dinero a los talibán -que
habían recibido una prima especial por destruir el Buda gigante-, mientras
los pakistaníes, que eran los que vendían las armas y la munición que los
saudíes pagaban, detuvieron el traslado de camiones de abastecimiento a las
bases de los talibán.
El éxito de EE UU
no depende por completo de la capacidad de la Alianza del Norte
Ahora que la Federación Rusa suministra generosamente bombas de mortero,
munición para la artillería y combustible a los mercenarios uzbekos, los
guerreros tayikos y la guardia nacional Hazara de la Alianza del Norte, con
el apoyo real o prometido de Estados Unidos a esa otra alianza del norte que ha
surgido de repente, el equilibrio de fuerzas militares en tierra ha empezado
a inclinarse en contra de los talibán. Al mismo tiempo, privados del dinero
saudí, los talibán ya no pueden seguir pagando la lealtad de los jefes
tribales y los señores de la guerra, con lo que también salen perdiendo en la
versión afgana de política de coalición (en un momento dado, los talibán
incluso llegaron a contratar a los uzbekos).
No es del todo cierto que el éxito de Estados Unidos dependa por completo
de la capacidad que tenga la Alianza del Norte para hacer avanzar sus líneas
contra los talibán y contratar a sus mercenarios. Hay pequeños comandos
estadounidenses en tierra que en un principio fueron enviados con la
esperanza de que los agentes paquistaníes o locales les guiaran hasta el
escondite de Osama Bin Laden. Ahora podrían proporcionar coordinación entre
tierra y aire para permitir que los aviones estadounidenses lancen ofensivas
aéreas contra los talibán en apoyo de los ataques terrestres de la Alianza
del Norte.
Sin embargo, aparte de eso, lo
que ocurra en Afganistán depende de la cohesión y la determinación de la
Alianza del Norte, lo cual no es un proyecto muy tranquilizador teniendo en
cuenta sus antecedentes. Kabul pasó a manos de los talibán después de que los
tayikos y los uzbekos hubieran destruido gran parte de la ciudad lanzándose
mutuamente proyectiles teledirigidos. Incluso cuando dejaron de pelearse para
constituir su alianza actual, perdieron su última ciudad importante,
Mazrat-i-Sharif, cuando los talibán compraron la traición de los mercenarios
uzbekos contra el líder tayik Ahmad Shah Masud, el héroe de la resistencia
contra la Unión Soviética, que fue asesinado por un equipo suicida que se
hizo pasar por un equipo de televisión sólo unos días antes de los ataques
del 11 de septiembre contra las Torres Gemelas y el Pentágono.
Ahora cabe esperar un rendimiento mucho mejor, porque los talibán ya no
tienen dinero para sobornar a los desertores, y los patrocinadores rusos y
estadounidenses pueden recompensar muy generosamente a la Alianza del Norte
si combate bien, se mantiene unida y gana.
Evidentemente, Estados Unidos y sus aliados esperan que las recompensas
ofrecidas, no sólo los alimentos y las medicinas de la ayuda humanitaria,
persuadan a otros grupos combatientes afganos de todos los orígenes étnicos
para que se unan a la Alianza del Norte, y así hacerla mucho menos del norte.
De hecho, no es posible derrotar a los talibán a menos que sus compañeros
pathaans (tribus que hablan pashtun) decidan volverse en su contra.
Ése es el motivo por el cual ahora se está importunando urgentemente al
anciano ex rey de Afganistán para que abandone la tranquilidad de su exilio
romano y forme un Gobierno de transición multiétnico. Aunque no hay forma de
saber qué grado de apoyo podría recibir, ya que no hay expresiones de opinión
pública en ningún sentido normal, es razonable suponer que el ex rey, también
un pathaan, podría reunir a los enemigos de los talibán entre las tribus
pathaan de una forma que ningún líder tayik, uzbeko o shií hazara podría
esperar siquiera.
Como siempre, las bombas y los misiles sólo pueden tener éxito cuando la
destrucción física que infligen se convierte en el instrumento de un plan políticamente
eficaz. Estados Unidos esperó un poco para iniciar el bombardeo, no sólo para
depurar la lista de objetivos, sino también -y, sin duda, principalmente-
para constituir una alianza operativa tanto dentro de Afganistán como a
escala mundial.
La campaña
militar contra los terroristas islamistas no ha hecho más que empezar
La campaña mundial contra los terroristas islamistas en países tan
lejanos como Filipinas acaba de empezar y continuará durante mucho tiempo. No
se ganará simplemente derrotando a los talibán, pero el éxito en Afganistán
contribuiría en gran medida a consolidar la nueva alianza estadounidense,
rusa, china e india que nació el 11 de septiembre, y servirá para
desmoralizar a los islamistas al eliminar a su siniestro héroe Osama Bin
Laden.
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