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Parte de Guerra 30 - Carta desde América



Parte de Guerra 30

Juan Chamero, Editor Jefe de aunmas.com, 3 Mar 2002

 

Fuentes: NYT, AP, EFE, Zmag.org, GlobalIssues, TheNation, StrategicSinternational,

Iran-Bulletin.Org, NWC.NavyUSA, EthicsAcusd,Edu, El País, Reuters, Afghan Islamic Press,

Le Monde Diplomatique. USA Embassy in Jakarta, The Economist

 

 

 

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Nota Editorial

 

Sesenta prominentes catedráticos Americanos apoyan la guerra emprendida contra el terrorismo y en su “Carta desde América” justifican su respuesta. Aunmas.com, en primicia para Latinoamérica, presenta la traducción completa del documento al que invitamos a comentar en nuestros foros o enviando un e-mail a nuestro Editor.

 

Recomendamos la lectura cuidadosa de ésta preocupante carta, que a nuestro entender, pretende brindar sustento filosófico a los “halcones” de la clase política de Estados Unidos y que en parte, refleja las raíces del “American Way Of Living” o “Modo de Vida Americano”. Los comentarios en azul al pie de ciertos párrafos sustantivos nos pertenecen.

 

Nota del Editor: Hemos obtenido una copia de ese documento en Inglés a través del sitio de la Embajada de Estados Unidos en Jakarta, Indonesia. La distribución a Embajadas y Centros de Opinión mundiales fue realizada por la Oficina de Programas de Información Internacional del Departamento de Estados de los Estados Unidos. Curiosamente éste documento no ha sido dado a conocer ni en la prensa local (Estados Unidos) ni en la prensa mundial, salvo algunos comentarios aislados en el New York Times y en algunos medios europeos: El País, Le Monde Diplomatique, La BBC de Londres.

 

 

 

 

Breve síntesis del documento

 

Carta Desde América

Preámbulo

¿ Qué son los Valores Americanos?

¿Por eso quienes somos?

¿Y qué acerca de Dios?

¿Una Guerra justa?

Conclusión

Firmantes

 

 

 

 

Breve síntesis del documento

Extraído del sitio Internet de la embajada de Estados Unidos en Yakarta con fecha 14 de febrero del 2002

Sesenta líderes intelectuales Americanos dirigieron una Carta Abierta a los Americanos y a la comunidad internacional, explicando porqué creen que la guerra emprendida contra el terrorismo es necesaria y justa.

La carta titulada: “Porqué luchamos: Una Carta desde América”, dice”

Hay veces en las que llevar adelante una guerra es no solo moralmente permitido sino necesario, como una respuesta a calamitosos actos de violencia, odio e injusticia. Ésta es una de esas veces,…”.

El Instituto para los Valores Americanos, un tanque de cerebros no partidista que fue el que emitió la carta del día 12 de febrero, informó que incluye “un cuidadoso análisis de los principios internacionales de “guerra justa” y que ha sido convalidado por los máximos paladines nacionales del ese concepto.”

Entre sus signatarios están Daniel Patrick Moynihan (Demócrata por Nueva York), Francis Fukuyama de la Universidad Johns Hopkins, James Q. Wilson de la Universidad de California en Los Angeles, Samuel Huntington, autor del controvertido libro “Enfrentamiento de Culturas”,  Theda Skocpol de la Universidad de  Harvard y Amitai Etzioni de la Universidad George Washington.

La carta describe a los responsables de los ataques del 11 de Septiembre a Estados Unidos como adherentes a un “Islamicismo radical”, un movimiento político religioso  violento, extremista y radicalmente intolerante que ahora amenaza al mundo, incluyendo al Mundo Musulmán. El movimiento se atribuye “hablar por el Islam”, pero “traiciona elementales principios Islámicos, los cuales prohíben la matanza deliberada de no combatientes.

Concluye expresando la esperanza que “ésta Guerra, al frenar una no mitigada maldad global, podrá incrementar las posibilidades de una comunidad mundial basada en la justicia.”

“Deseamos especialmente llegar a nuestros hermanos y hermanas en las sociedades Musulmanas. Os decimos sinceramente: No somos enemigos, sino amigos….Con esperanzas, deseamos unirnos a ustedes y a todos los pueblos de Buena voluntad para construir un paz justa y duradera.”

 

Carta Desde América

Porqué luchamos: Una Carta desde América

Preámbulo

En ciertas ocasiones es necesario para una nación defenderse a través de la fuerza de las armas. Debido a que la guerra es un asunto grave, que involucra el sacrificio y pérdida de preciosas vidas humanas, la conciencia demanda a aquellos que la llevan adelante, tener en claro los razonamientos morales que respaldan sus acciones, para estar en claro ante sí y ante la comunidad mundial cuáles son los principios que están defendiendo.

Afirmamos cinco verdades fundamentales que pertenecen a todos los pueblos sin distinciones:

1.       Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos.

2.       El fin básico de la sociedad es la persona humana, y el rol legítimo del gobierno es proteger y ayudar a fortalecer las condiciones para el florecimiento humano.

3.       Los seres humanos desean naturalmente encontrar la verdad sobre los propósitos de la vida y sus fines últimos.

4.       La libertad de conciencia y la libertad religiosa son derechos inviolables de la persona humana.

5.       Matar en el nombre de Dios es contrario a la fe en Dios y es la más grande traición a la fe religiosa universal.

Luchamos por defendernos y defender esos principios universales.

 

¿ Qué son los Valores Americanos?

Desde el 11 de Septiembre, millones de Americanos se han preguntado a si mismos y unos a otros, ¿Porqué?. ¿Porqué somos el blanco de estos ataques de odio?. ¿Porqué aquellos que nos matarían, quieren matarnos?.

Reconocemos que a veces nuestra nación ha actuado con arrogancia y con ignorancia hacia otras sociedades. A veces nuestra nación ha seguido erróneamente políticas injustas. Con demasiada frecuencia nosotros como nación hemos fallado en vivir de acuerdo a nuestros ideales. No podemos reclamar que otras sociedades se atengan a principios morales sin simultáneamente admitir a veces nuestra propia falla como sociedad en atenernos a esos mismos principios. Estamos unidos en nuestra convicción – y confiamos que toda la gente de buena voluntad del mundo acuerde—que ninguna apelación a los méritos o deméritos de políticas exteriores específicas pueden llegar a justificar, o incluso pretender que pueda tener sentido la destrucción masiva de personas inocentes.

Más aún, en sociedades como la nuestra, en la cual los gobiernos extraen su poder del consenso de los gobernados, la política deriva, al menos parcialmente, de la cultura, de los valores y prioridades de la sociedad como un todo. Aún cuando no pretendemos poseer el pleno conocimiento de las motivaciones de nuestros atacantes y de sus simpatizantes, lo que sugerimos es que su resentimiento se extiende más allá de cualquier política o conjunto de políticas. Después de todo, los asesinos del 11 de septiembre no presentaron ningún tipo particular de demanda en ese sentido, lo hicieron por su propia satisfacción. El líder de Al Qaeda describió los “golpes sangrientos”de septiembre 11 como ataques a América, “la cabeza de la infidelidad del mundo”. Claramente, entonces, nuestros atacantes despreciaron no solo a nuestro gobierno sino a nuestra sociedad, a nuestro modo de vida.

Fundamentalmente, su ira concierne no solo a lo que nuestros líderes hacen, sino también a lo

que somos.

Nota del Editor: La carta hábilmente comienza con un “mea culpa” admitiendo algunas culpas con el resto del mundo y da cuenta que el ataque fue dirigido al modo de vida Americano, en lo cual coincidimos.

¿POR ESO QUIENES SOMOS?, ¿Cuáles son nuestros valores?. Para mucha gente, incluyendo muchos Americanos y un número de firmantes de ésta carta, algunos de nuestros valores son poco atractivos y dañinos. El consumismo como modo de vida. La noción de libertad no tiene reglas. La noción de individuo como persona que se hace a sí misma y absolutamente soberano, debiendo poco a los otros y a la sociedad. El debilitamiento del matrimonio y de la vida familiar. Más un enorme aparato de entretenimiento y comunicaciones que continuamente glorifica tales ideas y las fortalece, ya sean o no bienvenidas, en todos los rincones del planeta.

Nota del Editor: Es en extremo preocupante que esta característica se presenta hasta con cierto orgullo

Una tarea mayor que enfrentan los Americanos, importante ya antes de los hechos del 11 de septiembre, es enfrentar francamente a estos aspectos poco atractivos de nuestra sociedad y hacer todo lo que esté a nuestro alcance para mejorarlos. Nos lo encomendamos como un esfuerzo a hacer.

Al mismo tiempo, otros valores Americanos – que vemos como nuestros ideales fundadores, y aquellos que más definen nuestro modo de vida – son completamente diferentes de estos, y son mucho más atractivos, no solo para los Americanos, sino para la gente de todo el mundo. Mencionaremos brevemente a cuatro de ellos.

El primero es la convicción de que la persona posee una dignidad innata como un derecho de nacimiento, y que consecuentemente, cada persona debe siempre ser tratada como un fin más que usada como medio. Los fundadores de Estados Unidos, fundamentándose en la tradición de la ley natural, así como los principios religiosos que afirman que todas las personas son creadas a imagen de Dios, afirmando además como idea “auto evidente”  que todas las personas poseen igual dignidad, La expresión política más clara de la creencia en la trascendencia de la dignidad humana es la democracia. En los Estados Unidos de generaciones recientes, entre las expresiones culturales más claras de ésta idea está la afirmación de igual dignidad de hombres y mujeres, y de todas las personas, sin distinción de raza y color.

Segundo, y estrechamente relacionado al primero, está la convicción que las verdades morales universales, lo que los fundadores de nuestra nación llamaron “Leyes de la Naturaleza y de la Naturaleza de Dios”, existen y son accesibles a todas las personas. Algunas de las expresiones más elocuentes de nuestra creencia en esas verdades se encuentran en nuestra Declaración de Independencia, El Discurso de Despedida de George Washington, Los discursos de Abraham Lincoln  en Gettysburg y en su Segunda Inauguración, y la Carta del Dr. Martin Luther King Jr’s desde la Prisión de Birmingham.

El tercero es la convicción de que nuestro acceso individual y colectivo a la verdad es imperfecto, y que la mayor parte de los desacuerdos acerca de los valores requieren civilidad, apertura a otros puntos de vista, y razonables argumentos en pos de la verdad.

El cuarto es libertad de conciencia y libertad de religión. Estas libertades intrínsecamente conectadas son ampliamente reconocidas, en nuestro país y en todas partes, como una reflexión sobre la dignidad humana básica y como una precondición para otras libertades individuales.

Para nosotros, los que es más llamativo acerca de estos valores es que se aplican a todas las personas, sin distinción, y no pueden ser usados para excluir a nadie de reconocimiento y respeto, fundamentado en particularidades de raza, lenguaje, memoria o religión. Eso es porqué todos, en principio, pueden convertirse en Americanos. Y de hecho cualquiera lo es. Gente proveniente de todas partes del mundo llegó a nuestro país con lo que una estatua del Puerto de Nueva York llama el fuerte deseo de respirar libertad, y muy rápido se convierten en Americanos. Históricamente, ninguna otra nación ha forjado su identidad profunda – su constitución y otros documentos fundacionales, así como sus sobre entendidos básicos – tan directa y explícitamente sobre la base de valores humanos universales. Para nosotros, ningún hecho acerca de nuestro país es más importante.

Nota del Editor: los firmantes son en su mayoría notables historiadores, politólogos, políticos y sociólogos y no pueden ignorar de donde “nos” viene a todos los Americanos, de Estados Unidos y de los casi 50 restantes países del vasto Continente Americano, esas ansias de libertad. El inmigrante a éstas tierras ya sabía lo que era libertad en serio y tanto o quizá más aún lo sabían nuestros aborígenes a los cuales despojamos de sus tierras.  Será interesante ver las respuestas que lleguen de Europa y del resto del mundo a ésta peregrina afirmación.

Alguna gente asevera que estos valores no son universales, sino derivados particularmente de la civilización Occidental, fundamentalmente Cristiana. Arguyen que concebir a estos valores como universales es negar los caracteres distintivos de otras culturas. Estamos en desacuerdo. Reconocemos los logros culturales de nuestra civilización, pero creemos que toda la gente ha sido creada igual. Creemos en la posibilidad y deseo universal de la libertad humana. Creemos que ciertas verdades morales básicas son mundialmente reconocibles. Coincidimos con el grupo de distinguidos filósofos internacionales que en la postrimería de los años 40 hizo posible la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, y que concluyeron que unas pocas ideas morales fundamentales estaban tan difundidas y aceptadas que bien podían ser vistas como implícitas en la naturaleza del ser humano como miembro de la sociedad. En la esperanza y en la evidencia, coincidimos con el Dr. Martin Luther King, Jr., en su apreciación que el arco de la moral universal es amplio, pero que se inclina hacia la justicia, no solo para unos pocos, o para los afortunados, sino para toda el mundo.

Mirando retrospectivamente a nuestra sociedad, reconocemos nuevamente los demasiado frecuentes desencuentros entre nuestros ideales y nuestra conducta. Pero como Americanos en tiempos de guerra y de crisis global, estamos sugiriendo que lo que denominamos “valores Americanos” no pertenecen solo a América, sino que son de hecho una herencia compartida de la humanidad, y por lo tanto una posible esperanza para una comunidad mundial basada sobre la paz y la justicia.

¿Y qué acerca de Dios?

Desde Septiembre 11, millones de Americanos nos hemos preguntado, a nosotros mismos y entre nosotros, ¿Y qué acerca de Dios?. Crisis de ésta magnitud nos fuerzan a repensar acerca de nuestros primeros principios. Cuando contemplamos el horror de lo ocurrido, y el peligro de qué vuelva a ocurrir, muchos de nosotros preguntamos: ¿La fe religiosa es parte de la solución o parte del problema?.

Los firmantes de ésta carta venimos de diversas tradiciones morales y religiosas, incluyendo tradiciones seculares. Estamos unidos en nuestra creencia de que invocar la autoridad de Dios para matar o destrozar seres humanos es inmoral y contrario a la fe en Dios. Muchos de nosotros creemos que estamos sometidos al juicio de Dios. Ninguno de nosotros cree que Dios pueda llegar a instruir a alguno de nosotros para matar o conquistar a otros. Realmente, tal actitud, ya sea llamada “guerra santa” o “cruzada”, no solo viola los principios básicos de justicia, sino es de hecho una negación de la fe religiosa, desde que convierte a Dios en un ídolo a ser manipulado por el hombre. Nuestra nación estuvo una vez comprometida en una gran guerra civil, en la cual cada lado presumía contar con la ayuda de Dios en su lucha contra el otro. En su Segundo Comunicado Inaugural del año 1895, el décimo presidente de los Estados Unidos, Abraham Lincoln, expresó con simpleza: “El Todo Poderoso tiene sus propios propósitos.”

Los que nos atacaron el 11 de Septiembre proclamaron abiertamente que estaban comprometidos en una guerra santa. Mucho de los que apoyaban o simpatizaban con los atacantes invocaron también el nombre de Dios y apoyaban la racionalidad de la guerra santa. Para poder reconocer el desastre de ésta manera de pensar, como Americanos, solo debemos recordar nuestra propia historia de Occidente. Guerras religiosas Cristianas y violencias Cristianas sectarias desgarraron Europa por casi un siglo. En los Estados Unidos, no somos ajenos a manifestaciones similares de quienes matan, al menos en parte, en el nombre de su fe religiosa. Cuando nos referimos a ésta maldad particular ninguna civilización y ninguna tradición religiosa están libres de mancha

El ser humano tiene un impulso básico para aprender. Evaluar, elegir y tener razones para lo que valoramos y amamos son actividades humanas características. Parte de éste intrínseco deseo de conocer concierne al porqué nacemos y qué ocurrirá a nuestra muerte, lo cual conduce a buscar la verdad acerca de los fines últimos, incluyendo para mucha gente la cuestión de Dios. Algunos de los firmantes de ésta carta creen que los seres humanos son “religiosos” por naturaleza, en el sentido de que todos, incluyendo aquellos que no creen en Dios y que no participan en organizaciones religiosas, hace elecciones acerca de lo que es importante y refleja sobre los valores esenciales. Todos los firmantes de ésta carta reconocemos que, a lo largo del mundo, la fe religiosa y las instituciones religiosas son importantes bases de la sociedad civil, produciendo con frecuencia resultados para la sociedad que son beneficiosos y saludables, y a veces, produciendo resultados que son divisivos y violentos.

¿Por eso, cómo pueden los líderes de gobiernos y de instituciones sociales dar respuesta a éstas realidades humanas y sociales fundamentales?. Una respuesta es reprimir y declarar fuera de la ley a la religión. Otra posible respuesta es abrazar un secularismo ideológico: un fuerte escepticismo social u hostilidad a todo lo religioso, basado en la premisa de que la religión en sí misma, y especialmente cualquier expresión pública de convicciones religiosas, es inherentemente problemática. Una tercera respuesta es abrazar una teocracia: creer que una religión, presumiblemente la única que posee la verdad, debería ser obligada para todos los miembros de la sociedad y por lo tanto, debería gozar del pleno apoyo por parte del estado.

Nosotros estamos en desacuerdo con cualquiera de éstas tres respuestas. La represión legal viola radicalmente las libertades civiles y religiosas y es incompatible con la sociedad democrática civil. Aunque el secularismo religioso se ha incrementado en nuestra sociedad en generaciones recientes, estamos en desacuerdo con él porque niega el legítimo derecho de una importante parte de la sociedad civil, así como pretende suprimir o negar la existencia de lo que al menos puede argüirse que es una importante dimensión de la personalidad humana. Aunque la teocracia ha tenido presencia en Occidente (no en Estados Unidos), discrepamos con ella por rezones sociales y teológicas. Socialmente, establecer el gobierno de una religión en particular puede entrar en conflicto con el principio de libertad religiosa, un derecho humano fundamental. Además, el control religioso por parte del gobierno, puede exacerbar los conflictos religiosos y, quizá más importante, puede amenazar la vitalidad y autenticidad de las instituciones religiosas. Teológicamente, aún para los que están firmemente convencidos de la verdad de su fe, la coerción de otros en materia religiosa es en última instancia una violación de la religión en si misma, desde que niega a otras personas el derecho a responder libremente y en dignidad a la invitación del Creador.

Como ideal, Estados Unidos trata de ser una sociedad en la cual fe y libertad marchen a la par, cada una ayudando a la otra. Tenemos un estado secular – nuestros funcionarios no son a la vez funcionarios religiosos – aunque sin embargo somos, de por lejos, la sociedad Occidental más religiosa. Somos una nación que respeta fuertemente la libertad y diversidad religiosa, incluyendo los derechos de los no creyentes, pero en la que los ciudadanos recitan un Compromiso de devoción a “una nación, bajo Dios,” y que proclama en muchas de sus cortes e inscribe en cada una de sus monedas el motivo: “Confiamos en Dios”. Políticamente, nuestra separación entre la iglesia y el estado busca encuadrar a la política dentro de su propia esfera, en parte limitando el poder del estado en controlar la religión, y en parte obligando al propio gobierno a extraer legitimidad de, y operar bajo, una gran cubierta protectora moral ajena a su esfera. Espiritualmente, nuestra separación entre la iglesia y el estado permite a la religión ser religión, separándola del poder coercitivo del gobierno. En síntesis, buscamos separar a la iglesia del estado para la protección y vitalidad de ambos.

Para los Americanos de fe, el desafío de abrazar verdad religiosa y libertad religiosa ha sido frecuentemente difícil. El tema, sin embargo, nunca es resuelto. Lo nuestro es un acuerdo social y constitucional que casi siempre, por definición, requiere de constante deliberación, debate, ajustes y compromiso. Ello es también ayudado, y contribuye a producir, un cierto carácter o temperamento tal que los creyentes que abrazan fuertemente la verdad de su fe, no como un compromiso con la verdad o con aspectos de ella, respetan a los que toman caminos diferentes.

¿Qué puede contribuir a reducir desconfianza, odio y violencia, fundamentados sobre la religión  en el Siglo 21?. Lógicamente, existen muchas respuestas importantes a ésta pregunta, pero aquí presentamos una: Profundizando y renovando nuestra apreciación de la religión, reconociendo la libertad religiosa como un derecho fundamental de todo el mundo en cualquier nación.

Nota del Editor: Hasta ahora el documento pretende dar una “lección” de educación cívica global en la que los firmantes consideran que han acuñado para sí y para el mundo un conjunto de valores cívicos. Incluso presentan al modelo Americano como superador del problema entre religión y estado, una cuarta opción que es por otra parte un lugar común de muchas naciones.

¿Una Guerra justa?. Reconocemos que la Guerra es terrible, representando finalmente la falla de la política humana. Sabemos también que la línea que separa el bien del mal no corre entre una sociedad y otra, mucho menos entre una religión y otra, últimamente, la línea corre a lo largo del medio de todo corazón humano. Finalmente, aquellos de nosotros – Judíos, Cristianos, Musulmanes y otros – personas de fe, reconozcamos nuestra responsabilidad, escrita en nuestras sagradas escrituras, para amar la misericordia y hacer todo lo que esté a nuestro alcance para prevenir la guerra y vivir en paz.

No obstante, ta razón y la reflexión moral nos enseña que hay veces en las que la primera y más importante replica al mal es pararlo. Hay veces en las que embarcarse en una guerra no es solo moralmente permitido sino moralmente necesario, como una respuesta a calamitosos actos de violencia, odio e injusticia. Ésta es una de esas veces.

Nota del Editor: Todo esto puede ser cierto y puede ser justo, dependiendo de la medida. El mal hay que primero identificarlo, para luego medirlo y reaccionar en forma acorde, no desproporcionada, produciendo sobre la comunidad mundial más mal que bien. Son muchas las naciones que padecen o han padecido o están padeciendo violencias extremas y prolongadas. Tal el caso de España con la ETA. No puede decirse que el pueblo español no sea fogoso y tampoco podrá decirse que el gobierno español no tiene la voluntad y medios como para eliminar a la ETA de su territorio. Lo que ocurre es que los movimientos terroristas aparecen y subsisten por algo, los movimientos terroristas que aparecen en una sociedad están vinculados, muchas veces con compromisos y pactos a gran parte de esa sociedad. Algo similar ocurre con la delincuencia organizada, la corrupción y el narcotráfico. En los clásicos de guerra antiterroristas se habla de “guerra sucia” como aquella en la cual la respuesta militar u oficial no es medida, se aplica el “vale todo”, sin importar la exterminación de vínculos inocentes.

Es muy fácil decir, por ejemplo, que hay que eliminar la corrupción en Argentina y el narcotráfico en Estados Unidos. ¿Quién duda que el narcotráfico subsiste porque hay un gigantesco mercado comprador mundial de drogas y que Estados Unidos es quizá el mayor comprador?. Lo que pasa es que el ataque físico directo a la producción del mal nos conduce a serios conflictos con los compradores del mal. Que el mal haya sido hecho por gente de Al Qaeda o entrenados por Al Qaeda o seducidos por Al Qaeda no justifica la destrucción de Afganistán ni lanzarse sin consenso mundial a una dudosa cruzada mundial contra el mal, interfiriendo en la vida de muchas naciones libres y soberanas.

La idea de “guerra justa” tiene amplias bases, con raíces en muchas y diversas religiones del mundo y de seculares tradiciones morales. Enseñanzas Judías, Cristianas, y Musulmanas, por ejemplo, contienen serias reflexiones sobre la definición de guerra justa. Seguramente, alguna gente, frecuentemente en el nombre del realismo, insiste en que la guerra es esencialmente un reino de intereses y de necesidades, haciendo que la mayor parte de los intentos de análisis morales resulten irrelevantes. Discrepamos. Desarticulación moral ante la guerra es en sí misma una posición moral – que rechaza la posibilidad de razonar, que acepta la ausencia de normas en las relaciones internacionales, y capitula con el cinismo. Buscar aplicar razonamiento moral objetivo a la guerra es defender la posibilidad de una sociedad civil y de una comunidad mundial fundamentada en la justicia.

Nota del Editor: La guerra no tiene razonamiento moral objetivo. El ser humano, como individuo o como ser social acude a la guerra por ambición desmedida o cuando está fuera de sí y no admite razonamiento. Es nuestro yo primitivo y salvaje el que se impone. A lo largo de un largo proceso evolutivo de millones de años el ser humano adquiere un cerebro nuevo, un maravilloso neocórtex, que es el que le ha dado su racionalidad. En lo profundo de nuestro cerebro reside sin embargo el cerebro límbico, el de las serpientes, el de los impulsos e instintos. Pretender racionalizar desde lo alto del pensamiento lo bajo es inaceptable. El planteo de ésta carta no es científico pese a ser destacados científicos muchos de sus firmantes.

El principio de guerra justa nos enseña que las guerras de agresión y de expansión nunca son aceptables. Las guerras no pueden ser legítimamente llevadas a cabo para gloria nacional, para vengar pasados errores, para ganancia territorial, o para cualquier otro propósito no defensivo.

La justificación moral primaria de la Guerra es proteger a los inocentes de ciertos daños. San Agustín, cuyo libro en los albores del siglo 5to., La Ciudad de Dios, es una contribución seminal al pensamiento de guerra justa, arguye (parafraseando a Sócrates) que es mejor para el Cristiano como individuo sufrir daño que cometerlo. ¿Pero es  requerido también a la persona moralmente responsable, hacer que otras personas inocentes se comprometan a no defenderse?. Para San Agustín, y para la tradición secular sobre guerra justa, la respuesta es no. Si uno tiene fuerte evidencia que personas  inocentes, que no están en posición de protegerse a si mismas, pueden ser seriamente dañadas a menos que se use fuerza coercitiva para frenar al agresor, entonces el principio moral de amor al prójimo nos llama al uso de la fuerza.

Las guerras contra daños pequeños, cuestionables o de inciertas consecuencias, o contra peligros que podrían mitigarse a través de negociación, llamado a la razón, persuasión a través de terceros u otros medios no violentos, pueden no ser legítimas. Pero si el peligro a la vida de inocentes es real y cierto, y especialmente cuando el agresor está motivado por una implacable hostilidad –si el fin que busca no es una voluntad negociadora o de reconocimiento, sino la destrucción indiscriminada del enemigo – entonces recurrir a una fuerza proporcionada está moralmente justificado.

Nota del Editor: Diríamos proporcionada y dirigida contra el o los agresores, no contra todas las posibles conexiones y contactos del o de los agresores con el mundo.

Una guerra justa solo puede ser llevada a cabo por una autoridad legítima con responsabilidad por el orden público. La violencia que es independiente, oportunista, o individualista nunca es moralmente aceptable.

Una guerra justa puede ser llevada a cabo contra personas que son combatientes. Las autoridades sobre éste tema de la guerra justa nos enseñan consistentemente a lo largo de la historia mundial – ya se trate de Musulmanes, Judíos, Cristianos, otras tradiciones de fe, o seculares – que los no combatientes deben ser inmunes a ataques deliberados. Por lo tanto, matar civiles por revancha, o aún como un medio para poner freno  a la agresión de gente que simpatiza con ellos, es moralmente incorrecto. Si bien en algunas circunstancias, y dentro de estrictos límites, puede ser moralmente justificable emprender acciones militares que pueden resultar en una no-buscada pero pronosticada muerte o injuria de algunos no combatientes. No es moralmente aceptable hacer la matanza de no combatientes el objetivo operacional de una acción militar.

Nota del Editor: Ocurre lo mismo que los rehenes. Un terrorismo que goza de simpatía tiene muchos simpatizantes y potenciales rehenes a su alrededor. Para eliminar a un terrorista combatiente puede ser necesario eliminar a muchos simpatizantes rehenes e incluso a desafortunados no combatientes que eventualmente estén en la cercanía del foco de exterminio.

Al respecto, la Agencia EFE en Washington dio a conocer el siguiente hecho en relación de la Guerra de Vietnam:

El ex presidente de Estados Unidos, Richard Nixon (1968-1974), analizó la posibilidad de ordenar el lanzamiento de la bomba atómica sobre Vietnam para ganar la guerra, pero su entonces consejero de Seguridad Nacional, Henry Kissinger, lo descartó. Este dato está contenido en una nueva colección de cintas, de 426 horas de duración, que fue difundida por el Archivo Nacional y de la que ayer se hizo eco la prensa estadounidense. Poco antes de ordenar una escalada en la guerra de Vietnam, Nixon consideró, el 25 de abril de 1972, la idea de emplear una bomba atómica, pero Kissinger le contestó que 'sería demasiado'. 'La bomba nuclear. ¿Te molesta? Quiero que pienses a lo grande', respondió Nixon, el único presidente estadounidense que se vio obligado a dimitir, por el escándalo del Watergate y por las grabaciones que realizaba de sus propias conversaciones con altos cargos del Gobierno.

Estos y otros principios sobre guerra justa nos enseñan que, siempre que los seres humanos contemplan la posibilidad de una guerra, es posible y necesario afirmar la santidad de la vida humana y abrazar el principio de igualdad de dignidad humana. Estos principios sirven para preservar y reflejar, aún en la trágica actividad de la guerra, la verdad moral fundamental que “otros”—aquellos que son extraños a nosotros, aquellos que difieren de nosotros por raza, o lenguaje, aquellos cuyas religiones creamos como no verdaderas – tienen el mismo derecho a la vida que nosotros, y la misma dignidad humana y derechos humanos que nosotros.

El 11 de Septiembre del año 2001, un grupo de individuos atacó deliberadamente a los Estados Unidos, usando aviones secuestrados como armas para matar en menos de dos horas más de 3.000 de nuestros ciudadanos en la ciudad de Nueva York, en el sudoeste de Pensilvania y en Washington D.C.. En su inmensa mayoría, aquellos que murieron el 11 de Septiembre eran civiles, no combatientes, y eran desconocidos, salvo el hecho de ser Americanos, para los que los mataron. Los que murieron en la mañana del 11 de Septiembre fueron ilegalmente asesinados, inhumanamente y con premeditada malicia – una clase de muerte que, para ser precisos, podría ser calificada como asesinato. Entre aquellos asesinados había gente de todas las razas, muchas etnias, la mayor parte de las religiones. Entre ellos había desde lavaplatos a ejecutivos corporativos.

Los individuos que cometieron esos actos de guerra no actuaron solos, o sin apoyo, o por rezones desconocidas. Eran miembros de una red Islamicista internacional, activa en unos 40 países, ahora conocida como Al Qaeda. Este grupo, a su vez, constituye un brazo armado de un movimiento Islamiscista radical más grande, que ha crecido a lo largo de décadas y en algunas instancias tolerados e incluso soportados por gobiernos, que abiertamente expresan sus aspiraciones y que demuestran una creciente habilidad en el empleo del asesinato para avanzar hacia sus objetivos.

Usamos el término “Islam” e “Islámico” para referirnos a una de las mayores religiones del mundo, con aproximadamente unos 1.200 millones de adherentes, incluyendo varios millones de ciudadanos de Estados Unidos, algunos de los cuales fueron asesinados el 11 de septiembre. Podríamos terminar sin decirlo – pero lo decimos aquí, en forma clara y única –que la inmensa mayoría de Musulmanes del mundo, guiados en gran medida por las enseñanzas del Corán, son decentes, confiables y pacíficos, Usamos el término “Islamicismo” e “Islamicista radical” para referirnos al movimiento político religioso violento, extremista y radicalmente intolerante que ahora amenaza al mundo, incluyendo al mundo Musulmán.

Este movimiento radical y violento, se opone no solo a ciertas políticas Occidentales y de Estados Unidos – algunos de los firmantes de ésta carta se oponen también a algunas de esas políticas – sino también a los principios fundacionales del mundo moderno, a la tolerancia religiosa, así como a otros derechos fundamentales, en particular libertad de conciencia y religión, los cuales forman parte de la Declaración de los derechos Humanos de la Naciones Unidas, y que deben ser la base de una civilización orientada al florecimiento humano, a la justicia y a la paz.

Este movimiento extremista se arroga hablar por El Islam, pero traiciona elementales principios Islámicos. El Islam enfrenta a las atrocidades morales. Por ejemplo, reflejando las enseñanzas del Corán y los ejemplos del Profeta, los escolares Musulmanes, a través de los siglos, han enseñado que la lucha en el camino de Dios. Por ejemplo, la jihad, prohíbe la matanza deliberada de no combatientes, y requiere que la acción militar sea solo tomada bajo el comando de autoridades públicas legítimas. Ellos nos lleva a recordar que el Islam, no menos que el Cristianismo, el Judaísmo y otras religiones, son amenazadas y potencialmente degradadas por estos profanadores que invocan el nombre de Dios para matar indiscriminadamente.

Reconocemos que los movimientos que reclaman la protección de la religión tienen también complejas dimensiones políticas, sociales, y demográficas, y que la filosofía que anima a éste movimiento Islamicista, en su desprecio de la vida humana y que ve al mundo como una lucha de vida-muerte entre creyentes y no creyentes (ya sean Musulmanes no radicales, Judíos, Cristianos, Hindúes, u otros), niega claramente la igualdad de dignidad de las personas, y al hacerlo, traiciona a la religión y rechaza los fundamentos de la vida civilizada así como la posibilidad de paz entre naciones.

Lo más serio de todo esto, que demuestran palmariamente y por primera vez los hechos del 11 de Septiembre, es que éste movimiento posee ahora no solo su deseo hecho público sino también la capacidad y experiencia – incluyendo posible acceso a, y voluntad de usar, armas químicas, nucleares y biológicas – para lanzar horribles y masivas devastaciones sobre sus blancos.

A los que asesinaron más de 3.000 personas el 11 de septiembre y que admiten que su más fuerte deseo es hacerlo nuevamente, constituye un peligro evidente y presente para toda la gente de buena voluntad del mundo, no solo de Estados Unidos. Tales actos son un ejemplo de desnuda agresión contra vidas humanas inocentes, un mal que amenaza al mundo tan claramente, que requiere el uso de la fuerza para exterminarlo.

Nota del Editor: Éste mal no es nuevo y el uso de la fuerza no ha demostrado ser eficaz para erradicarlo. El terrorismo es quizá algo nuevo para Estados Unidos pero no para otras naciones: España, Francia, Inglaterra, Rusia, Italia, en Europa, China y Japón, Filipinas, Indonesia, La India en Asia, Argentina, Perú, Uruguay y Colombia, en Sudamérica, solo por citar algunos países, saben lo que es luchar contra el terrorismo local e internacional y han aprendido que el uso de la fuerza por parte de la autoridad pública no ha sido suficiente ni eficaz y en muchos casos como en Argentina, dejando irreparables secuelas. La erradicación del terrorismo requiere primero combatir sus causas en una forma coordinada mundialmente y recién luego mano firme. Si el terrorismo no ha podido ser erradicado sino que ha ido en aumento y han fracasado los gobiernos locales, imaginemos las consecuencias de una intervención militar global llevada a cabo prácticamente por una sola nación.

 Asesinos organizados con alcance global nos amenazan ahora a todos nosotros. En nombre de la moralidad humana universal, y plenamente conscientes de las restricciones y requerimientos de una guerra justa, apoyamos a nuestro gobierno, y a nuestra sociedad, en su decisión de usar la fuerza de las armas en contra de ellos.

 Conclusión

Nos comprometemos a hacer todo lo que esté a nuestro alcance para vigilar las tentaciones peligrosas – especialmente las de arrogancia y marcado nacionalismo – a las cuales las naciones en guerra son tan propensas. Al mismo tiempo, con una sola voz decimos solemnemente que es crucial para nuestra nación y sus aliados ganar ésta guerra. Luchamos para defendernos, pero también creemos que luchamos para defender los principios universales de los derechos humanos y por la dignidad humana que son la mejor esperanza para la humanidad.

Esta guerra terminará un día. Cuando ello ocurra – y en algunos respectos aún antes de su fin – nos espera la gran tarea de la reconciliación. Esperemos que ésta guerra, poniendo freno a un no mitigado y global mal, pueda incrementar la posibilidad de una comunidad mundial basada en la justicia. Pero sabemos que solo los hacedores de la paz de entre nosotros, en todas las sociedades, podrán asegurar que ésta guerra no ha sido en vano.

Queremos especialmente llegar a nuestros hermanos y hermanas en las sociedades Musulmanas. Y se lo decimos de frente: no somos sus enemigos, sino sus amigos. No debemos ser enemigos. Tenemos muchas cosas en común. Tenemos muchas cosas para hacer en común. Vuestra dignidad humana, no inferior a la nuestra – vuestros derechos y oportunidades para una buena vida, no inferiores a los nuestros – es por lo que creemos estar luchando. Sabemos que, para algunos de ustedes, la desconfianza en nosotros es grande, y sabemos que nosotros, los Americanos somos parcialmente responsables de esa desconfianza. Pero no debemos ser enemigos. Con esperanza, deseamos unirnos a vosotros y a la gente de buena voluntad del mundo para construir una paz justa y duradera.

 

Firmantes

 

Enola Aird Director, Proyecto maternidad; Consejo de Sociedad Civil

John Atlas, Presidente del “Instituto Nacional de Vivienda”; Director Ejecutivo, Sociedad de Ayuda Legal del Condado Passaic

Jay Belsky, Profesor y Director del Instituto para el Estudio de los Niños, las familias y Asuntos Sociales, Universidad Birkbeck de Londres

David Blankenhorn, Presidente del Instituto para los valores Americanos

David Bosworth, Universidad de Washington

R. Maurice Boyd, Ministro de la Iglesia de la Ciudad, Nueva York

Gerard V. Bradley, Profesor de Leyes, Universidad de Notre Dame

Margaret F. Brinig Edward A. Profesor Distinguido Howry, Universidad del Colegio de Leyes de Iowa

Allan Carlson, Presidente del centro para Familias, Religión y Sociedad

Khalid Durán, Editor, Revista TransIslam

Paul Ekman, Profesor de Sicología, Universidad de California, San Francisco

Jean Bethke Elshtain,  Profesor Laura Spelman Rockefeller,  Profesor de Ética Política y Social, , Universidad de la Escuela Divinidad de Chicago

Amitai Etzioni, Profesor Universitario, Universidad George Washington

Hillel Fradkin, Presidente del Centro de Ética y Política Pública

Samuel G. Freedman, Profesor de la Escuela de Graduados en periodismo de la Universidad de Columbia

Francis Fukuyama, Profesor Bernard Schwartz, Profesor de Política Económica Internacional de la Universidad Johns Hopkins

William A. Galston, Profesor en la Escuela de Relaciones Internacionales, Universidad de Maryland; Director del Instituto para Filosofía y Política Pública

Claire Gaudiani, Académico de Investigación Senior, Escuela de Leyes de Yale y ex presidente del Connecticut College

Robert P. George, Profesor McCormick Profesor de Jurisprudencia y Profesor de Política, Universidad de Princenton

Neil Gilbert, Profesor en la Escuela de Bienestar Social, Universidad de California, Berkeley

Mary Ann Glendon, Profesor Learned Hand de Leyes, Escuela de Leyes de la Universidad de Harvard

Norval D. Glenn, Profesor Ashbel Smith de Sociología y Profesor Stiles de Estudios Americanos, Universidad de Texas en Austin

Os Guinness, Académico Senior, Foro Trinidad

David Gutmann, Profesor Emérito de Psiquiatría y Educación, Universidad del Noroeste

Kevin J. "Seamus" Hasson, Presidente de  la Fundación Becket para las Libertades religiosas

Sylvia Ann Hewlett, Presidente de la Asociación Nacional de padres

James Davison Hunter William R. Kenan, Jr., Profesor de Sociología y Estudios religiosos, Director del Centro sobre religión y Democracia, Universidad de Virginia

Samuel Huntington, Profesor Universitario Albert J. Weatherhead, III, Universidad de Harvard

Byron Johnson, Director y Académico Senior Distinguido, Centro para Investigación sobre Religión y Sociedad Civil Urbana, Universidad de Pensilvania

James Turner, Profesor Johnson, Departmento de Religión, Universidad Rutgers

John Kelsay, Profesor Richard L. Rubenstein, Profesor de Religión, Universidad del Estado de La Florida

Diane Knippers, Presidente del Instituto para la Religión y la Democracia

Thomas C. Kohler, Profesor de Leyes, Escuela de Leyes del Colegio Boston

Glenn C. Loury, Profesor de Economía y Director de; Instituto sobre Raza y División Social, Universidad de Boston

Harvey C. Mansfield, Profesor William R. Kenan, Jr., Profesor de Gobierno, Universidad de Harvard

Will Marshall, Presidente del Instituto de Política Progresiva

Richard J. Mouw, Presidente del Seminario Teológico Fuller

Daniel Patrick, Profesor Universidad Moynihan, Escuela Maxwell de Ciudadanía y Asuntos Públicos, Universidad de Siracusa

John E. Murray, Canciller Jr.y Profesor de Leyes, Universidad de Duquesne

Michael Novak, Sillón George Frederick Jewett en Religión y Política Pública, Instituto Americano de Empresas

Rev. Val J. Peter, Director Ejecutivo, Ciudad de Chicos y Chicas

David Popenoe, Profesor de Sociología y Co-Director del proyecto Nacional de Matrimonios, Universidad Rutgers

Robert D. Putnam, Profesor Peter eIsabel Malkin, Profesor de Política Pública de la Escuela Kennedy de Gobierno de la Universidad de Harvard

Gloria G. Rodriguez, Fundadora y Presidente de AVANCE, Inc.

Robert Royal, Presidente del Instituto Fe y razón

Nina Shea, Director de la Casa de la libertad del Centro Para La Libertad Religiosa

Fred Siegel, Profesor de Historia, de la Unión Cooper

Theda Skocpol, Profesor Victor S. Thomas, Profesor de Gobierno y Sociología de la Universidad de Harvard

Katherine Shaw, Profesor Spaht Jules y Frances Landry, Profesor de Leyes del Centro de Leyes de la Universidad del Estado de indiana

Max L. Stackhouse, Profesor de Ética Cristiana y Director del proyecto sobre teología Pública, Seminario teológico de Princeton

William Tell, Jr.. Por la Fundación William y Karen Tell

Maris A. Vinovskis, Profesor Bentley Profesor de Historia y Profesor de Política Pública, Universidad de Michigan

Paul C. Vitz, Profesor de Sicología de la Universidad de Nueva York

Michael Walzer, Profesor de la Escuela de Ciencias Sociales del Instituto de Estudios Avanzados

George Weigel, Académico Senior, Centro de Ética y Política Pública

Charles Wilson, Director del Centro para el Estudio de la Cultura del Sur, Universidad de Mississippi

James Q. Wilson, Profesor Collins, Profesor Emérito de Administración y Políticas Públicas, UCLA

John Witte, Profesor Jr. Jonas Robitscher, Profesor de Leyes y Ética y Director    del programa de Ley y Religión, de la Escuela de Leyes de la Universidad Emory

Christopher Wolfe, Profesor de Ciencia Política, Universidad Marquette

Daniel Yankelovich, Presidente de Agenda Pública

 

 

 



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