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Serge Schmemann
The New York Times, 16 de Septiembre 2001
Nota: Traducido por Claudia Martínez del diario Clarín; para ver el artículo
original en Inglés vaya aquí,
o si ya ha sido trasladado vaya al New York
Times y busque por el nombre del periodista.
Tan pronto como las grandes torres se habían desmoronado, la palabra
"guerra" comenzó a surgir de los escombros. "Ataque a
América" decían los banners en televisión. Las banderas norteamericanas
empezaban a brotar de las heridas. Estos no eran sólo actos de terror,
proclamaba el presidente Bush. "Estos son actos de guerra". Otros
veían los primeros disparos de la tercera guerra mundial, la primera guerra
del siglo XXI.
Nota: Los titulares efectivamente fueron a
partir de ese día en escalada, luego decían “en pie de guerra” y ahora “en
guerra”.
Los aliados acudieron a su líder herido como nunca habían hecho antes: la
OTAN invocó su garantía de defensa mutua, proclamando que el ataque contra
uno era un ataque contra todos. Rusia, acosada por sus propios grupos
terroristas islámicos en Chechenia, rápidamente proclamó su solidaridad con
Occidente. Israel anticipó una represalia contra todo Hezbollah, Hamas y
Jihad que plagara su existencia. El bien y el mal estaban en guerra y parecía
inapropiado dudar de quién iba a prevalecer. "Este es un enemigo que
intenta esconderse, pero no podrá esconderse para siempre", declaró el
presidente Bush. "Este es un enemigo que piensa que sus puertos son seguros,
pero no van a ser seguros para siempre".
En resumen, era un hecho que
Estados Unidos iba a contraatacar, rápida y aterradoramente. Tal vez,
realmente, no hubiera otra opción: la impotencia que sentían los
norteamericanos al ver derrumbarse las grandes torres, sabiendo que miles de
sus vecinos morían en la catástrofe, exigía acción.
Sin embargo, aún en el primer clamor de angustia hubo conciencia de que
ninguna represalia, ninguna guerra, por sí sola, podría traer aparejada la
libertad del terror que implicaban las proclamas marciales de Bush. Esta no
era la Tormenta del Desierto, en la que se podía proclamar la victoria una
vez que las tropas iraquíes fueran expulsadas de Kuwait. Esta no era una
lucha contra una guerrilla convencional, cuyo deseo vivo de una tierra
nacional o la satisfacción de cierto resentimiento se pudiera satisfacer o
denegar.
Los terroristas que
organizaron y llevaron a cabo el ataque del martes, en las Torres Gemelas y
el Pentágono, no pronunciaron ningún reclamo, ningún ultimátum. Lo hicieron
solamente por resentimiento y odio -odio hacia los valores tan queridos por
Occidente como la libertad, la tolerancia, la prosperidad, el pluralismo
religioso y el sufragio universal, pero aborrecidos por los fundamentalistas
religiosos (y no sólo los fundamentalistas musulmanes)-. El ataque en
Manhattan no fue sólo contra una nación o un gobierno, sino contra un símbolo
- las torres gemelas de Sodoma y Mammón.
Ese era el problema de un país que marchaba hacia la guerra: que el enemigo
no era un gobierno, una banda o un déspota, sino el odio. Y un odio lo
suficientemente poderoso como para llevar a una persona a vivir durante años
entre sus víctimas mientras preparaba su muerte es una forma de locura, una
enfermedad.
El primer sospechoso en los ataques, Osama bin Laden, probablemente tenía
razón cuando le dijo a un entrevistador que si lo mataban, otros Bin Laden
ocuparían su lugar. Su muerte no haría más que promoverlo de líder a mártir.
Había otro peligro: la amenaza de infección. El miedo de que la presión para
actuar conlleve una erosión de los propios valores norteamericanos se podía
percibir en medio del humo ácido.
"No responder sería
impensable: Disminuiría y debilitaría el liderazgo norteamericano y,
seguramente, invitaría a nuevos ataques", escribió Charles Boyd, un
general retirado de la Fuerza Aérea, en el Washington Post del miércoles.
"Pero reaccionar de manera excesiva o imprecisa nos pondría en el mismo
escalón moral de los cobardes que perpetraron el ataque del martes".
Ahora bien, ¿cómo alcanzar el equilibrio, cuando la escala y el horror del
desastre dominaban cada momento y las pesadillas impedían dormir?
La terrible humillación exige una manifestación acorde, libre de empatía o
explicaciones o dudas. Sin embargo, en algunos rincones de la mente, muchos
sabían que lo que había sucedido no era tan simple y, excepto por la
dimensión, ni siquiera tan nuevo. Hace ocho años, los fundamentalistas
islámicos casi habían logrado derribar las Torres Gemelas, y había habido una
amplia discusión sobre la tragedia que se había evitado entonces. Hubo muchos
ataques contra sitios norteamericanos desde entonces, el más reciente contra
un barco de guerra en Yemen. Y cada uno de ellos instaba a la acción.
Hubo muchas advertencias, también, sobre la probabilidad de una destrucción
masiva por parte de terroristas con dispositivos biológicos, químicos o
nucleares, y si el uso de aviones comerciales como un arma no fue previsto,
el secuestro, en cambio, sí era familiar. Sin embargo, el foco de la atención
norteamericana se había concentrado en los mísiles, en el equilibrio
geopolítico, en los estados beligerantes.
"Esto debería despertarnos de un sueño prolongado", dijo Graham
Allison, director del Centro Belfer para Ciencia y Asuntos Internacionales de
la Universidad de Harvard. "A pesar de una década de análisis de las
razones objetivas por las que esto era posible y hasta probable, el sistema
determinó que era imposible tomárselo seriamente".
Sin embargo, la llamada a un despertar fue tan violenta que la venganza
amenazó con ocupar el lugar de la discusión seria. Si bien probablemente
ahora se reanude el debate sobre la conveniencia de construir una defensa
costosa contra mísiles, el desafío va mucho más allá de decidir dónde
invertir el dinero. Una guerra efectiva al terrorismo internacional
requeriría una revisión fundamental de la estrategia de seguridad nacional de
Estados Unidos, así como una aceptación de que Estados Unidos no puede ir a
la guerra solo.
Y tratar con el terrorismo y no sólo con terroristas seguramente requiera no
solo desarticular células, sino entender la pobreza y la desesperanza en la
que se recluta a la gente, así como los conflictos que, por no ser resueltos
durante mucho tiempo, alimentan odios profundos y duraderos. Requiere
entender que estas son fuerzas que, muchas veces, los mismos norteamericanos
favorecieron, como cuando Estados Unidos armó y financió a los rebeldes
afganos contra la Unión Soviética.
Tenemos que entender que esta "guerra" se lleva a cabo en un lugar
como Afganistán o Pakistán, que sus crisis humanitarias plantean una tremenda
amenaza a la seguridad de todo el mundo y que esto exige una respuesta
completamente nueva, que requiere de inteligencia, diplomacia y, claro, si se
identifica al atacante, una respuesta militar", sostuvo Jessica Stern,
profesora de la Escuela de Gobierno Kennedy de Harvard, quien realizó varios
estudios entre soldados de varias guerras santas.
La guerra también requiere una apreciación de la complejidad de las
militancias islámicas y los gobiernos que las patrocinan. El columnista más
respetada de Israel, Nahum Barnea del Yedioth Ahronot, dijo que se sentía
molesto por los políticos israelíes que hoy esperan que Estados Unidos dé un
paso adelante y le aseste el golpe definitivo al terrorismo islámico. El
mismo complejo de política, sufrimiento y odio que afecta a los israelíes
acosará a los norteamericanos, dijo: "No hay blanco y negro en la guerra
contra el terrorismo. Para combatir contra los talibanes es necesaria la ayuda
de Irán. También se puede pelear contra Irán, pero después habrá que
enfrentar a los rusos, que los están ayudando a obtener armas nucleares. O
también pelear contra Irak, pero después se necesitará el apoyo de Siria, que
respalda al Hezbollah...."
Y exigirá el reconocimiento
de que Estados Unidos no puede ir a la guerra solo. Quienes atacaron a
Estados Unidos el martes lo atacaron por ser el líder del primer mundo, no
por ser una isla de prosperidad. Es más, la campaña global a largo plazo que
exige la lucha requerirá de una amplia cooperación, no sólo de la OTAN, sino
de organismos como las Naciones Unidas.
La manifestación de apoyo proveniente del exterior la semana pasada fue
evidencia de que los amigos y aliados estaban allí, esperando una señal. Pero
sigue latente un interrogante: saber si la administración Bush está preparada
para abandonar su postura de ir al frente sola, aún si agradece o solicita
las ofertas de apoyo del exterior.
Finalmente, el shock y el dolor pasarán, y la primera ola de represalias
terminará. Y luego la profundidad de las cicatrices, y las lecciones, se
tornarán más claras y comenzará el verdadero debate.
Y, tal vez, la verdadera guerra.
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