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Enviado por Sonia Mansilla
Dos hombres, ambos muy enfermos, ocupaban la misma habitación de un hospital. A uno
se le permitía sentarse en su cama cada tarde, durante una horra para ayudarle
a drenar el liquido de sus pulmones. Su cama daba a la única ventana de la
habitación. El otro hombre tenía que estar todo el tiempo boca arriba. Los dos
charlaban durante horas. Hablaban de sus mujeres y sus familias, sus hogares,
sus trabajos, su estancia en el servicio militar, dónde habían estado de vacaciones.
Y cada tarde, cuando el hombre de la cama junto a la ventana podía sentarse,
pasaba el tiempo describiendo a su vecino todas las cosas que podía ver desde
la ventana. El hombre de la otra cama empezó a desear que llegaran esas horas,
en que su mundo se ensanchaba y cobraba vida con todas las actividades y
colores del mundo exterior.
La ventana daba a un parque con un precioso lago. Patos y cisnes jugaban en el
agua, mientras los niños lo hacían con sus cometas. Los jóvenes enamorados
paseaban de la mano, entre flores de todos los colores del arco iris. Grandes
árboles adornaban el paisaje, y se podía ver en la distancia una bella vista de
la línea de la ciudad.
Según el hombre de la ventana describía todo esto con detalle exquisito, el del otro
lado de la habitación cerraba los ojos e imaginaba la idílica escena. Una tarde
calurosa, el hombre de la ventana describió un desfile que estaba pasando.
Aunque el otro hombre no podía oír a la banda, podía verla, con los ojos de su
mente, exactamente como lo describía el hombre de la ventana con sus mágicas
palabras.
Pasaron días y semanas. Una mañana, la enfermera de día entró con el agua para
bañarles, encontrándose el cuerpo sin vida del hombre de la ventana, que había
muerto plácidamente mientras dormía. Se llenó de pesar y llamó a los ayudantes
del hospital, para llevarse el cuerpo. Tan pronto como lo consideró apropiado,
el otro hombre pidió ser trasladado a la cama al lado de la ventana. La
enfermera le cambió encantada y, tras asegurarse de que estaba cómodo, salió de
la habitación.
Lentamente, y con dificultad, el hombre se irguió sobre el codo, para lanzar su primera
mirada al mundo exterior; por fin tendría la alegría de verlo él mismo. Se
esforzó para girarse despacio y mirar por la ventana al lado de la cama... y se
encontró con una pared blanca. El hombre preguntó a la enfermera qué podría
haber motivado a su compañero muerto para describir cosas tan maravillosas a
través de la ventana. La enfermera le dijo que el hombre era ciego y que no
habría podido ver ni la pared, y le indicó:
Quizá solo quería animarle a usted".
Epílogo:
Es una tremenda felicidad el hacer felices a los demás, sea cual sea la propia situación. El dolor compartido es la mitad de pena; pero la felicidad, cuando se comparte, es doble. Si quiere sentirse rico, sólo cuente todas las cosas que tiene y que el dinero no puede comprar. Hoy es un regalo, por eso
se le llama "el presente". Envía a tus amigos esta carta, cuyo origen es
desconocido, para desearles buena suerte ........
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