Manifiestos y Declaraciones de Alcance Mundial
Declaraciónes Previas a la reunión del CELAM -
Tegucigalpa
El CELAM, Consejo Episcopal Latinoamericano anunció ayer que debatirá y propondrá soluciones al
problema de la deuda externa del continente, que se estima es superior a los
600.000 millones de dólares, para evitar una revolución social en la región.
Por ese motivo, los obispos de
CELAM se reunirán del 29 al 30 de junio en Tegucigalpa.
"En la cita se efectuará un
análisis exhaustivo de la pobreza que agobia a América Latina", dijo el
presidente de CELAM, el obispo hondureño Oscar Andrés Rodríguez.
"También se buscarán
mecanismos viables para enfrentar la deuda externa hemisférica y se pedirá a la
comunidad financiera internacional que condone sus empréstitos a las naciones
menos desarrolladas", agregó. Rodríguez, quien es arzobispo de
Tegucigalpa, afirmó que "la deuda externa no sólo es un problema
económico, también es humano... y está llevando a los latinoamericanos a un
empobrecimiento cada vez mayor, lo que impide a los países del área conquistar
un desarrollo económico y social".
"La ética cristiana evalúa
la deuda externa en categorías humanas por la falta de solidaridad, la
dependencia económica y la desigualdad en las personas... y la ausencia de
solidaridad y la desigualdad sólo conducen a una revolución social",
subrayó.
El prelado sostuvo asimismo que
"ante la desigualdad en América Latina, existe la posibilidad de una
revolución violenta y sangrienta porque la persona que se encuentra en una
situación de desventaja tiene menos que perder".
Rodríguez señaló que "por
el pago de la deuda externa, peligra seriamente la sobrevivencia de América
Latina... y nuestros pueblos jamás fueron consultados por sus gobernantes para
contraer deudas, que generalmente han sido usadas para fines no lícitos".
Según Rodríguez, la reunión de
CELAM servirá para instar a los países industrializados a reactivar el
crecimiento en América Latina, reducir su proteccionismo y rebajar la tasas de
interés de sus créditos "porque las relaciones económicas entre las
naciones deben ser expresiones de justicia y de servicio recíproco".
CELAM pedirá a los países
latinoamericanos, entre otras cosas, evaluar las causas internas que han
contribuido a aumentar la deuda, examinar las condiciones de los préstamos que
no son compatibles para cubrir las necesidades esenciales y movilizar todos los
recursos a fin de promover un crecimiento económico sostenido en la región.
La Voz de la Iglesia Católica
Presentamos aquí la palabra oficial de la Iglesia Católica en la palabra del Papa Juan Pablo II, ubicada en el site Gran Jubileo del Año 2000, del Episcopado de Méjico: http://www.iglesia.org.mx/marco-jubileo.htm.
Presentamos los conceptos que nos han parecido más significativos de la Bula
del Papa Juan Pablo II “Incarnationis
Mysterium”, de convocación al Gran Jubileo del Año 2000,
referidos al tema que nos ocupa.
2. El Gran Jubileo del año 2000 está a las puertas. Desde mi
primera Encíclica, «Redemptor hominis», he mirado hacia esta fecha con la única
intención de preparar los corazones de todos a hacerse dóciles a la acción del
Espíritu (2). Será un acontecimiento que se celebrará contemporáneamente en
Roma y en todos las Iglesias particulares diseminadas por el mundo, y tendrá,
por decirlo de algún modo, dos centros: por una parte la Ciudad donde la
Providencia quiso poner la sede del Sucesor de Pedro, y por otra, Tierra Santa,
en la que el Hijo de Dios nació como hombre tomando carne de una Virgen llamada
María (cf. «Lc» 1, 27). Con igual dignidad e importancia el Jubileo será, pues,
celebrado, además de Roma, en la Tierra llamada justamente «santa» por haber
visto nacer y morir a Jesús.
Aquella Tierra, en la que surgió
la primera comunidad cristiana, es el lugar donde Dios se reveló a la
humanidad. Es la Tierra prometida, que ha marcado la historia del pueblo judío
y es venerada también por los seguidores del Islam. Que el Jubileo pueda
favorecer un nuevo paso en el diálogo recíproco hasta que un día --judíos,
cristianos y musulmanes--- todos juntos nos demos en Jerusalén el saludo de la
paz. (3):
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Según
san Ireneo, nosotros no podemos permitirnos dar al mundo una imagen de tierra árida,
después de recibir la Palabra de Dios como lluvia bajada del cielo; ni jamás
podremos pretender llegar a ser un único pan, si impedimos que la harina se
transforme en un único pan, si impedimos que la harina sea amalgamada por obra
del agua que ha sido derramada sobre nosotros. (10)
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7. A lo largo de la historia la institución del Jubileo se
ha enriquecido con signos que testimonian la fe y favorecen la devoción del
pueblo cristiano. Entre ellos hay que recordar, sobre todo, la «peregrinación»
, que recuerda la condición del hombre a quien gusta describir la propia
existencia como un camino. Del nacimiento a la muerte, la condición de cada uno
es la de «homo viator» . Por su parte, la Sagrada Escritura manifiesta en numerosas
ocasiones el valor del ponerse en camino hacia los lugares sagrados. Era
tradición que el israelita fuera en peregrinación a la ciudad donde se
conservaba el arca de la alianza, o también que visitase el santuario de Betel
(cf. «Jdt» 20, 18) o el de Silo, donde fue escuchada la oración de Ana, la
madre de Samuel (cf. «1 S» 1, 3). Sometiéndose voluntariamente a la Ley,
también Jesús, con María y José, fue peregrinando a la ciudad santa de
Jerusalén (cf. «Lc» 2, 41). La historia de la Iglesia es el diario viviente de
una peregrinación que nunca acaba. En camino hacia la ciudad de los santos
Pedro y Pablo, hacia Tierra Santa o hacia los antiguos y los nuevos santuarios
dedicados a la Virgen María y a los Santos, numerosos fieles alimentan así su
piedad
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9. Otro signo característico, muy conocido entre los fieles,
es la «indulgencia»
, que es uno de los elementos constitutivos del Jubileo. En ella se manifiesta
la plenitud de la misericordia del Padre, que sale al encuentro de todos con su
amor, manifestado en primer lugar con el perdón de las culpas. Ordinariamente
Dios Padre concede su perdón mediante el sacramento de la Penitencia y de la
Reconciliación (14). En efecto, el caer de manera consciente y libre en pecado
grave separa al creyente de la vida de la gracia con Dios y, por ello mismo, lo
excluye de la santidad a la que está llamado. La Iglesia, habiendo recibido de
Cristo el poder de perdonar en su nombre (cf. «Mt» 16, 19; «Jn» 20, 23), es en
el mundo la presencia viva del amor de Dios que se inclina sobre toda debilidad
humana para acogerla en el abrazo de su misericordia. Precisamente a través del
ministerio de su Iglesia, Dios extiende en el mundo su misericordia mediante
aquel precioso don que, con nombre antiguo, se llama «indulgencia».
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12. Un signo de la misericordia
de Dios, hoy especialmente necesario, es el de la «caridad», que nos abre los ojos a las necesidades de quienes viven
en la pobreza y la marginación. Es una situación que hoy afecta a grandes áreas
de la sociedad y cubre con su sombra de muerte a pueblos enteros. El género humano se halla ante formas de
esclavitud nuevas y más sutiles que las conocidas en el pasado y la libertad
continúa siendo para demasiadas personas una palabra vacía de contenido. Muchas
naciones, especialmente las más pobres, se encuentran oprimidas por una deuda
que ha adquirido tales proporciones que hace prácticamente imposible su pago.
Resulta claro, por lo demás, que no se puede alcanzar un
progreso real sin la colaboración efectiva entre los pueblos de toda lengua,
raza, nación y religión. Se han de eliminar los atropellos que llevan al
predominio de unos sobre otros: son un pecado y una injusticia. Quien se dedica
solamente a acumular tesoros en la tierra (cf. «Mt» 6, 19), «no se enriquece en
orden a Dios» («Lc» 12, 21).
Así mismo, se ha de crear una nueva cultura de
solidaridad y cooperación internacionales, en la que todos --especialmente los
Países ricos y el sector privado-- asuman su responsabilidad en un modelo de
economía al servicio de cada persona. No se ha de retardar el tiempo en el que
el pobre Lázaro pueda sentarse junto al rico para compartir el mismo banquete,
sin verse obligado a alimentarse de lo que cae de la mesa (cf. «Lc» 16, 19-31).
La extrema pobreza es fuente de violencias, rencores y
escándalos. Poner remedio a la misma es una obra de justicia y, por tanto, de
paz.
Documento dado en Roma, junto a San Pedro, el 29 de
noviembre, I domingo de Adviento, del año del Señor de 1998, vigésimo primero
de mi Pontificado
JOANNES PAULUS PP II