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Lunes 21 de mayo del 2012
 
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Juan Chamero Editor Jefe de Aunmas
Actualización a Julio 2008: .


 


El Lugar Vivo

 

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Un Cuento Ateo

Nota de la Editorial: Pedro A. Vázquez Casta: pedropav@prtc.net, nos ha hecho llegar "una sátira a San Agustín y todo lo que él representa", según sus propias palabras, y que fuera escrito por Victor H. Baske (su seudónimo).

San Agustín y el Mosquito:

Aquella era una calurosa tarde cuando San Agustín se disponía a orarle a Dios por sus pecados y por su pueblo cristiano. Afuera del convento, la tarde rompía demasiado calurosa, y todos los trabajadores y campesinos estaban agobiados.

Afuera del convento, un grupo de fieles cristianos, siendo viejos, jóvenes, ancianos, mujeres con hijos se alegraban, pues sabían que aquella era la hora en que San Agustín entraba a su celda a orar.

— Aleluya! El santo está entrando en su celda para orar por nosotros, y por toda la cristiandad!

— dijeron algunos mientras hacían la señal de la cruz con sus manos.

Nadie sabía la lucha interna que se debatía dentro del alma de San Agustín. Aquellos eran los días en que estaba escribiendo sus famosas "Confesiones". Para él, esto era un tormento, una especie de prueba a su conciencia Cristiana, pues él ponía un énfasis demasiado gigante en todo trabajo que hacía para el Señor. Puede decirse que literalmente Agustín se desangraba en su empeño por hacer las cosas bien delante del Señor.

En su celda, Agustín abría su Biblia, la estudiaba con detenimiento, preparaba parte de sus sermones, y luego entablaba una larga conversación con Cristo. Todas las tardes esta faena le tomaba varias horas. Aquella tarde Agustín había escrito en sus confesiones que él le preguntaba a Dios cuál sería la cantidad exacta de comida que él debía de comer, a fin de no pecar, pues todos sabemos que la gula es un pecado. Pero un asunto que a otro creyente menos fiel o dedicado no era nada de importante, para aquél gran gigante de la fe se constituía como una verdadera preocupación, se convertía en algo que debía de ser cuidadosamente escudriñado. "A quien más se le da, más se le pedirá, dijo el Señor" - este texto bíblico retumbaba en los oídos de San Agustín.

Ya contaba con varias horas de estudio, cuando el santo se dirigía a orar. Estaba ya demasiado inflamado de devoción, cuando al dirigirse a orar, un mosquito grande, negro y ruidoso lo rondaba. El mosquito comenzó a molestar la atención de San Agustín, y desviaba su concentración. Agustín al principio, no perdió su calma, pues no pensarán ustedes que un gran santo como él iba a ser sacado de sus cabales por tan insignificante criatura de Dios. Al fin y al cabo, según Agustín, el mosquito también era una criatura de Dios.

Al pasar varias horas, Agustín solo abanicaba su mano para espantar el mosquito, pero cuando llegó un momento en que el mosquito ya lo estaba desesperando, Agustín dirigió su mano en forma amenazante, y ciertamente ya se disponía a aplastar al mosquito contra la pared. Pero cuando intentó golpear el mosquito, Agustín tropezó contra uno de los candelabros de su altar privado, encima de su mesa de madera, la que estaba al lado de su cama.

El estruendo del candelabro contra el piso puso nerviosos a muchos de los fieles que se arremolinaban cerca de donde Agustín tenía su celda.

Adentro, Agustín se detuvo a pensar durante unos instantes: Y si esto es una señal de Dios para avisarme que es pecado que yo mate el mosquito? Sintió un intenso frío en su alma, pues este dilema nunca se lo había planteado jamás en su vida, y él sí que era un sabio doctor de la Iglesia!

Pero el mosquito seguía molestando a Agustín. Intentó gritar algo, como para insultar al mosquito que ya estaba agotando su santa paciencia, pero detuvo sus labios a mitad...

— " car...!"

Ave María, perdona, por poco mis labios pecan! — Se dijo a sí mismo compungido y arrepentido. — Estará siendo puesta a prueba mi paciencia por Dios?

Entonces se detuvo a pensar que los mosquitos, si hemos de ser fieles a la doctrina de la Iglesia, no tienen alma.

— Aaaah, maldito, ahora sí que te cojo!

Alzó su brazo de nuevo, pero se detuvo otra vez. Estaba un poco confundido. — Pero... me pregunto yo ahora, será correcto que yo mate un ser viviente? Qué tal si a Dios de todos modos le moleste que uno de los hijos de Cristo, uno de sus hermanos, mate a una criatura viviente de su creación?

Bueno, de todos modos, Dios creó todas las cosas... — todo esto se cuestionaba para sí.

Pero las horas pasaban y el mosquito no se iba de allí. Tanto por su indulgencia como por su paciencia, lo cierto era que aquél mosquito molestoso no tenía ni la más mínima idea de respetar ni la sangre de un santo. Agustín perdía parte de su magnánima paciencia.

De repente se acordó de San Antonio, un santo que se dedicó a matar dragones. Bueno, si San Antonio mataba a los dragones, entonces, por qué yo no habría de matar a un mosquito? Pero de todos modos, necesitaba meditar el asunto con más detenimiento.

— qué tal si los dragones nunca existieron? — se preguntó. Pero rápidamente pensó en una contestación válida.

— No puedo yo dudar de lo que los santos han dicho u hecho en la historia sagrada. Aunque... tengo mis dudas si debo o no matar al mosquito.

Mientras todo esto sucedía y se pensaba, el mosquito seguía molestando a Agustín. Una verdadera batalla teológica se estaba llevando a cabo en aquella celda. Sería o no pecado matar un mosquito? Agustín no quería ofender a Dios; ante todo, deseaba mejor obedecer su voluntad. Pasados unos minutos, Agustín comenzó a acordarse de los paganos. Los paganos piensan que todas las cosas tienen alma, y que las almas pueden viajar de un lugar a otro, como la Herejía de Platón de que todas las almas transmigran, o sea, en términos de la sagrada sabiduría, para los paganos como Platón, las almas cometen "metempsicosis".

—Ah, ahora me acuerdo, si no mato al mosquito la Iglesia puede pensar que yo estoy cometiendo el pecado de creer en la metempsicosis.

Ahora el mosquito seguía molestando, pero de nuevo San Agustín se detuvo, pues no podía matar aquel mosquito, el asunto se estaba tornando para él como en una gran polémica teológica personal, tanto como cuando había peleado contra los arrianos.

— Obedeceré a Dios, este genero, como lo dijo Cristo, requiere de ayuno y de oración!

Mientras todo esto sucedía, Agustín, que era un poco alérgico a los insectos, estaba desarrollando unas peque as llagas como consecuencia de las picadas de aquél mosquito. Pensó en los mártires. Bendijo a Dios si su suerte fuera la de morir por su fe, aunque fuera por medio de un mosquito.

Se le ocurrió salir de su celda y consultar con los demás monjes de la comunidad. Ellos le confesaron que nunca habían tenido que sufrir tal ignominia a manos de una criatura de Dios. Al parecer, el mosquito iba y venía libremente dentro de aquella comunidad de fieles monjes, y al único que le estaba causando tanto problema era al gran San Agustín. Este ser era de tan gran magnitud, que cuando se enfrentó contra Agustín, ya era un inmenso mosquito, casi del tamaño de la mitad de una uña de la mano, situación particular que hacía parecer a aquella insignificante criatura como un engendro del demonio acabado de salir de los infiernos. En consulta con los monjes, se decidió que si un mosquito podía alcanzar tal tamaño, era cosa del demonio, ni más ni menos.

Esa noche Agustín volvió a su celda otra vez. Esa noche volvió el mosquito, y con el mismo, la misma duda de Agustín.

Pasaron también los días y algunos de los monjes corrieron el rumor por todo el pueblo de la batalla de Agustín contra el mosquito. Dos partidos de opiniones se formaron:

— Ah, debe de matar a ese insecto del demonio! — decían unos.

Dios, ayuda e ilumina a San Agustín en su lucha! — decían los más piadosos.

Mientras tanto, el mosquito seguía molestando a Agustín. Agustín sudaba frío, leía y consultaba los libros de la Iglesia, la Biblia y enviaba cartas a otros obispos. No deseaba levantar su mano para matar a ninguna criatura de Dios, era su creencia firme.

Al pasar varias semanas, ya la paciencia de Agustín se agotaba. Inclusive, hasta había protegido la vida del mosquito cuando algunos de los monjes habían intentado matarlo, para librar a Agustín de su agonía.

Al fin, llegó la noche decisiva. Todos se preguntaban, cómo podrá Agustín vencer esta prueba?

Luego de haber leído su parte del evangelio de Cristo como era su costumbre todos los días, Agustín se encontró con el siguiente pasaje bíblico: "Dijo Jesús a sus discípulos: Imposible es que no vengan tropiezos; mas ay de aquel por quien vienen! Mejor le fuera que se le atase al cuello una piedra de molino y se le arrojase al mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeñitos" (Lc 17:1).

— Aleluya! Gritó Agustín de alegría.

Entonces, sin ningún rodeo ni titubeo, Agustín alzó su mano bien alta, aspiró con todas sus fuerzas mientras tomaba aire y estiraba sus músculos para asestar un certero golpe, y procedió a aplastar el mosquito con todas sus fuerzas. El infeliz insecto dejó una gran mancha de sangre en una de las paredes de la celda de Agustín, mientras moría aplastado por la mano del santo.

Uno de los monjes que pasaba cerca de la celda tocó a su puerta y le preguntó desde afuera: "Hermano Agustín, qué ha sucedido?

Agustín le contestó:

— Aleluya hermano! He acabado con el mosquito y Dios me ha hecho una revelación por medio de su santo evangelio — contestó él.

— Hermanos, Dios me ha hecho conocer que a los que sirven de tropiezo a sus siervos, se les puede hacer daño! Si Jesús dijo que a los que sirven de tropiezo se les puede arrojar al mar o atarlos al cuello con una piedra de molino, él no se va a molestar que un creyente fiel elimine a un mosquito.

Cuenta la historia que desde aquél momento la Iglesia Cristiana, por consejo del gran teólogo San Agustín, comenzó a aplastar a los herejes como si fueran mosquitos, entregándolos al brazo secular para que "se les atase al cuello una piedra de molino y se le arrojase al mar", según los dictámenes de la santa palabra de Jesús.

Fin.



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