Genética - Organización Panamericana de la Salud
La próxima revolución
¿Quién está preparado? ¿Quién no?
La genómica está revolucionando la salud y la medicina. Pero sólo los países que
preparen a sus ciudadanos para que participen en esta revolución podrán cosechar
sus incalculables frutos.
Imagínese sentado en un café al aire libre en una ciudad europea, bebiendo té y
charlando sobre el futuro con algunos amigos. Ahora imagine que es el 12 de octubre
de 1492, el día en que Cristóbal Colón desembarcó en América y la historia del
mundo cambió para siempre. Aunque hubieran escuchado sobre este acontecimiento,
usted y sus amigos tendrían poca idea de su significado o de sus implicaciones
descomunales para el futuro. No obstante, si usted lo entendiera, aunque fuera
en parte y pudiera actuar basándose en lo que supiera se beneficiaría
considerablemente.
Algo similar está sucediendo hoy, en los albores del siglo XXI. Desde el 12 de
febrero de 2001, cualquier persona puede acceder a través de Internet al genoma
humano, el mapa del código de genes que nos hace humanos. Sin embargo, pocos de
nosotros entendemos lo que significa el poder tener acceso a él. Aquellos que sí lo
entiendan - individuos, países, regiones - obviamente estarán en condiciones
ventajosas para cosechar los frutos de esta revolución.
La genómica revolucionó las ciencias de la vida a tal punto que cambiará nuestra
visión del mundo y el modo en que vivimos. Ya ha tenido repercusiones importantes
en la agricultura y la ganadería, pero su influencia se extenderá pronto a
practicamente toda la industria: desde los productos químicos y la energía hasta
los seguros, los cosméticos y las fuerzas armadas se verán afectados. Sin embargo,
ningún cambio será más intenso que el que experimentarán la medicina y la salud.
Gracias a la genómica, estamos comenzando a aprender mucho acerca de nosotros mismos,
aunque todavía ignoramos el significado de la mayor parte de la información
genética y de las funciones que desempeñan muchos de los genes. Cuando hayamos
aprendido más, ¿qué sucederá? La atención de la salud pasará de ser reactiva a ser
preventiva. Gradualmente, los médicos y los técnicos se volverán expertos en
interpretar probabilidades en lugar de síntomas. Conocerán nuestra predisposición
a padecer ciertas enfermedades y sabrán lo que debemos hacer para prevenir su
aparición, así como también posibles efectos secundarios a ciertos fármacos.
Llevaremos tarjetas de identificación genética y consumiremos medicamentos cada
vez más personalizados. Por consiguiente, la relación entre el costo de médicos y
el de medicinas, que actualmente es 9:1, podría cambiar notablemente a cerca de
1:1 en los próximos 25 años. Las cirugías no serán tan necesarias. Tendremos una
vida mucho más larga y gozaremos de mejor salud.
Actualmente, podemos ver estos cambios fundamentales en proceso. Empresas de
biotecnología están elaborando biochips de silicón con ADN
(ácido desoxirribonucleico) incrustado capaces de hacer pruebas sobre miles de
enfermedades genéticas. Con el tiempo, estos microcircuitos del tamaño de una
moneda podrán detectar casi todas las enfermedades y los defectos de origen
genético. Es de preverse que la genómica también estimule nuevas vías de
administración de los "remedios". Los bienes de consumo tales como los jabones,
los champús, los cosméticos, los aerosoles, los alimentos y las bebidas podrían
proporcionarnos las dosis diarias de medicamentos. Los productos para la salud
formulados genéticamente podrían venderse en los supermercados y en los clubes
deportivos, no sólo en hospitales y farmacias.
Beneficios de los genes
Estos acontecimientos, con sus futuros beneficios, están ocurriendo principalmente
en las naciones más ricas del mundo. Pero los países en desarrollo no deben
aislarse de la revolución de las ciencias de la vida. La genómica, al ayudarnos a
trazar los mapas de los microbios y los virus, nos enseñará más acerca de las
enfermedades y las epidemias que azotan al mundo en desarrollo y nos ayudará a
idear tratamientos más eficaces.
Ya son más de 250 millones las personas en el mundo que se han beneficiado por los
130 fármacos y vacunas producidas por las empresas de biotecnología, según la
Organización de la Industria Biotecnológica. Y actualmente, hay más de 350
productos biotecnológicos y vacunas en desarrollo. En tanto, la computación y la
bioinformática - el uso de software para facilitar el descubrimiento de
medicamentos - prometen seguir acelerando los adelantos en materia de fármacos,
que beneficiarán por igual a los países ricos y pobres.
Aunque se reconoce ampliamente el potencial que tendrán los cultivos genéticamente
modificados para favorecer a los países más pobres, una esfera igualmente
importante de la genómica para los países ricos y pobres es la convergencia entre
alimentos y medicinas. Así como los cultivos se pueden alterar genéticamente para
que sean resistentes a los insectos o aumenten su valor nutritivo, también se
pueden alterar para darles determinadas cualidades medicinales.
Por ejemplo, algunas compañías agroindustriales están aprovechando las cualidades
excepcionales del brócoli italiano silvestre para combatir el cáncer y alterando
las variedades comerciales del brócoli para que tengan esas propiedades. Otros
están trabajando en un maíz modificado genéticamente capaz de atacar las células
cancerígenas, combatir la osteoporosis y reducir enfermedades del corazón.
En otros países, hay investigaciones en curso para reprogramar los genes de ciertas
frutas y hortalizas y convertirlos en vacunas contra el tétanos, la difteria, la
hepatitis B y el cólera. Para deleite de los niños del mundo, recibir una vacuna
pronto podrá ser cuestión de comerse una manzana, un plátano o una papa, en lugar
de tener que inyectarse.
Esta convergencia entre el sector agropecuario y la medicina no se limitará a las
plantas. Algunas empresas de biotecnología ya están diseñando genéticamente cabras
que producen leche con proteínas y anticuerpos que combatan enfermedades humanas,
incluyendo el cáncer. Y otras empresas buscan más recursos de avanzada: están
tratando de producir antígenos en la saliva de mosquitos para que estos se
conviertan en vacunas vivas contra una serie de enfermedades.
Desde luego, no hay ninguna garantía de que los frutos de la revolución de las
ciencias de la vida beneficien por igual a todo el mundo. Las oportunidades
incalculables que esta revolución ofrece sólo son comparables con el desafío enorme
que implica compartir sus beneficios. Las estructuras políticas, sociales y
económicas, junto con las decisiones en materia de políticas públicas, determinan
la evolución de cualquier tecnología y sus aplicaciones. ¿Qué significado tendrá
la revolución de las ciencias de la vida para el futuro de la salud pública en
Latinoamérica y el Caribe? ¿Cómo podemos asegurarnos que la región participe en
esta revolución y coseche sus frutos?
Otras revoluciones trascendentales del pasado nos pueden ayudar a contestar esta
pregunta. Las revoluciones agrícola, industrial y de la información han puesto de
manifiesto la importancia de comprender las reglas del juego y adquirir
conocimientos prácticos del idioma "dominante".
Algunas personas, países y regiones comprendieron que las bases de la economía
mundial pasaron de ser agrícolas a industriales (tener 12 hijos y una gran
extensión de tierra de pronto importaba mucho menos que tener acceso a mil caballos
de fuerza). Hoy, igual que entonces, los que comprendan la manera cómo la
tecnología está cambiando las reglas y el idioma dominante - y los que preparen a
sus sociedades para estos cambios - son los que cosecharán los frutos. Todos
los demás corren el riesgo de quedarse aún más rezagados.
La revolución de las ciencias de la vida se basa en el idioma más poderoso que los
seres humanos hayan tratado de descifrar jamás, el idioma de la vida, en el que
está codificado cada ser vivo sobre el planeta. Esta revolución en realidad
comenzó hace 49 años, en 1953, cuando James Watson y Francis Crick descifraron
la estructura del ADN.
En la actualidad, el idioma de la genómica se está fusionando progresivamente con
el idioma de la revolución digital, que de por sí transformó la economía mundial en
los últimos 50 años. En los años sesenta, un tercio de la economía mundial era
agropecuaria, un tercio era industrial y el otro tercio se basaba en los servicios
y conocimientos. Actualmente, éstos últimos representan dos tercios de la economía
mundial mientras que el sector agropecuario representa menos de 4 por ciento.
Estos cambios obligaron a algunos países pobres a reeducar a su población y a
reinventar su economía, con lo cual hoy son mucho más prósperos. Singapur, Taiwán
y Corea del Sur - que en 1965 eran mucho más pobres que México - son un ejemplo.
Esperanza de vida
Lamentablemente, la mayor parte de América Latina y el Caribe no ha logrado hacer
los reajustes necesarios, y ahora vemos algunas de las consecuencias. En los países
de la Región, muchas personas viven en condiciones difíciles. En las zonas rurales
de Argentina, Brasil, Bolivia, Chile y México, más de tres cuartas partes de la
población carecen de acceso a agua potable y a servicios de salud.
Aunque la esperanza de vida aumentó en el último medio siglo en casi todo el mundo,
otras regiones han tenido más éxito que América Latina y el Caribe. En 1960, un
habitante de la región podía esperar vivir 58 años; cerca de cuatro años más que
alguien que viviera en Corea del Sur. En los decenios siguientes, Corea del Sur -
que tenía pocos recursos naturales - invirtió en capital humano y, en 1999, el
surcoreano promedio tenía una esperanza de vida de 73 años, dos años más que un
habitante de América Latina.
En la mortalidad infantil se observan características similares. En los últimos 40
años, los países de América Latina y el Caribe han reducido la mortalidad infantil
en un 70 por ciento; en Singapur y Corea del Sur, el decremento ha sido del 90 por
ciento. En los años sesenta, un bebé argentino tenía 30 por ciento más
posibilidades de sobrevivir que el niño surcoreano promedio. Hoy, un bebé
argentino tiene el doble de probabilidades de morir que un bebé surcoreano
(y eso que Corea del Sur no es el país más rico de Asia, ni Argentina es el
más pobre de América Latina).
Pronto podrían agudizarse estas diferencias, por desgracia. Según datos del Banco
Mundial, los gastos en salud en América Latina aumentaron de 5,8 por ciento del PIB
a 6,4 por ciento durante la primera mitad de los años noventa. No obstante, este
monto es mucho menor per cápita que en Asia: en 1995, los países latinoamericanos
gastaron 192 dólares per cápita en salud, mientras que Singapur gastó 926 dólares
y Corea del Sur, 551 dólares.
Durante décadas, quizás siglos, prácticamente todos los gobiernos latinoamericanos
han pregonado a los cuatro vientos la prioridad que conceden a la educación y a la
salud. Las constituciones de muchos países "garantizan" la salud y la educación
como derechos inalienables. Pero ¿son la salud y la educación realmente una
prioridad para América Latina y el Caribe, y es suficiente la prioridad por sí
misma?
Algunos han argumentado que los ciudadanos de los países con una economía
desarrollada sencillamente trabajan mucho más. Esa afirmación es falsa. El mexicano
medio trabaja más horas que el japonés medio (el número promedio de horas
trabajadas anualmente en México ha aumentado en más de 100 desde 1990). En efecto,
en toda América Latina, las personas trabajan más tiempo y más arduamente que
nunca. La diferencia esencial es la productividad, la cual depende de que los
trabajadores de un país tengan suficiente que comer, estén sanos y reciban
educación para usar el idioma económico dominante.
La inversión en salud pública es esencial. Pero no es sostenible sin inversiones
paralelas en las ciencias, la tecnología y la investigación y el desarrollo
empresariales. Una sociedad tiene que generar riqueza para poder invertir más en
sus recursos humanos. Y hoy, rara vez se genera riqueza en una economía basada en
conocimientos sin una población que conozca y utilice el alfabeto digital. Según
la Escuela de Información y Sistemas de Gestión de la Universidad de California en
Berkeley, más del 90 por ciento de la información producida en 1999 estaba en
formato digital.
Muchos burócratas y encargados de formular políticas argumentan que no se puede
tener todo en la vida: o se invierte en atención a la salud y educación básica o
se desvían los recursos hacia investigación y desarrollo. Esta dicotomía es falsa
porque no son metas excluyentes. Por el contrario, se refuerzan mutuamente. Aunque
este objetivo pueda parecer inalcanzable en África o en las zonas más pobres de
América Latina, cabe recordar que el ingreso per cápita de Corea del Sur en 1960
era el mismo que el de Ghana.
Para que los latinoamericanos cosechen los frutos de la revolución de las ciencias
de la vida, deben redescubrir la importancia de las ciencias y de los científicos
como componente indispensable del desarrollo. La Conferencia Internacional sobre
el Financiamiento para el Desarrollo, auspiciada recientemente por las Naciones
Unidas en Monterrey, México, no tendrá ninguna repercusión si la ciencia y la
tecnología no son la espina dorsal de cualquier estrategia de desarrollo.
Patentar conocimiento
Un buen barómetro de la capacidad de un país para producir conocimientos, aplicarlos
y utilizarlos para generar riqueza es su habilidad para conseguir patentes.
Lamentablemente, América Latina y el Caribe no obtienen una buena calificación en
esta materia. De las 13.566 solicitudes de patentes presentadas en México en 2001,
por ejemplo, solamente 5 por ciento provinieron de mexicanos. De 1997 a 2001, las
universidades argentinas, brasileñas y mexicanas no lograron obtener ni una
patente al año, en promedio, en Estados Unidos. En cambio, durante el mismo
período, Estados Unidos otorgó 191 patentes a la empresa Yissum Research
Development Company de la Universidad Hebrea de Israel. La Universidad de
California obtuvo más de 1,800 patentes entre 1997 y 2000.
Este triste ejemplo sobre las patentes no es ninguna sorpresa si se considera que
México tiene, por cada millón de habitantes, 214 científicos dedicados a la
investigación y desarrollo y Argentina, 660 por millón. Corea, por el contrario,
tiene 2,235 científicos, y Singapur, 2,318. No es fortuito que el trabajador
surcoreano medio gane actualmente tres veces más que el mexicano medio (aunque a
penas en 1975, los trabajadores mexicanos ganaban cinco veces más que sus
homólogos surcoreanos).
La mayor parte de las patentes que Estados Unidos está otorgando ahora se
relacionan con la biotecnología, ya no con la informática o las telecomunicaciones.
Aunque casi todos los países latinoamericanos quedaron fuera de la revolución
digital, no pueden darse el lujo de dejar de participar en la revolución de las
ciencias de la vida apostando su futuro a las exportaciones de productos básicos y
a la mano de obra barata.
Ni los países ni las personas pueden seguir haciendo lo que siempre han hecho sin
rezagarse más y más. Esto no significa que todos los países deban convertirse en
un conglomerado de industrias biotecnológicas. Pero lo que sí es cierto es que al
menos algunos ciudadanos y empresas tienen que ser alfabetizados en este nuevo
idioma, y cuantos más, mejor. México redujo sus gastos en investigación y
desarrollo entre 1985 y 1995, de 0,44 por ciento a 0,33 por ciento del PIB.
En 2001, las inversiones del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología se redujeronen casi una tercera parte. Cuanto más reduzcan su presupuesto, más lejos estarándel desarrollo.
Debemos generar más conocimiento en nuestros países y patentar más conocimientos
también en Estados Unidos y Europa. La disminución de la inflación y, lo que es más,
la reducción de los gastos públicos pueden ayudar a estabilizar las economías de
la región. Sin embargo, estas son medidas provisionales que rara vez generan una
enorme riqueza nueva, que sólo algunos logran.
Se han aprendido tres lecciones fundamentales en las últimas décadas. La primera,
que la inversión en los proyectos basados en la explotación de recursos naturales
no es el camino a la riqueza. Baste el ejemplo de los países ricos en petróleo:
Irán, Iraq, Arabia Saudita, Nigeria, Venezuela y México.
La segunda, que los países
necesitan invertir principalmente en las personas, en particular en la salud
pública y la educación basada en las ciencias. La tercera es que las actividades
científicas deben transformarse en compañías viables, si no los ingresos y las
inversiones en capital humano tienden a colapsarse.
La directora general de la Organización Mundial de la Salud, Gro Harlem Brundtland,
escribió en el informe de la OMS La genómica y la salud mundial, que se publicó a
comienzos de año: "Es una realidad que en su mayor parte las investigaciones
genómicas y biotecnológicas se llevan a cabo actualmente en el mundo
industrializado y responden principalmente a los imperativos del mercado.
La genómica también se tiene que aplicar a los problemas de salud del mundo en
desarrollo. Es crucial que busquemos activamente los medios para incorporar a los
científicos de países en desarrollo a la biotecnología". Para América Latina y el
Caribe, el futuro de la salud pública podría volverse mucho más positivo, y la
calidad de vida en general mucho mejor, como resultado de la revolución de las
ciencias de la vida. Pero esto no sucederá a menos que los países de la Región
inviertan en sus ciudadanos y los preparen, no sólo para que se adapten, sino para
que se beneficien del cambio.
Nota realizada por : Juan Enríquez es director del Proyecto de Ciencias de la Vida de la Escuela de
Administración de Empresas de Harvard, en Boston, Massachusetts, EE.UU., y autor de
As the Future Catches You: How Genomics & Other Forces are Changing Your Life,
Work, Health & Wealth. Rodrigo Martínez es investigador asociado, también del
Proyecto de Ciencias de la Vida de Harvard. Los autores también desean expresar
su agradecimiento a Ray Goldberg, profesor emérito de la Escuela de Administración
de Empresas de Harvard, y coautor con Enríquez de "Transforming Life, Transforming
Business: The Life-Science Revolution", publicado en Harvard Business Review en 2000.
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Fuente consultada :OMS
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