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Última actualización:20/04/2008


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La próxima revolución

¿Quién está preparado? ¿Quién no?

La genómica está revolucionando la salud y la medicina. Pero sólo los países que preparen a sus ciudadanos para que participen en esta revolución podrán cosechar sus incalculables frutos.

    Imagínese sentado en un café al aire libre en una ciudad europea, bebiendo té y charlando sobre el futuro con algunos amigos. Ahora imagine que es el 12 de octubre de 1492, el día en que Cristóbal Colón desembarcó en América y la historia del mundo cambió para siempre. Aunque hubieran escuchado sobre este acontecimiento, usted y sus amigos tendrían poca idea de su significado o de sus implicaciones descomunales para el futuro. No obstante, si usted lo entendiera, aunque fuera en parte y pudiera actuar basándose en lo que supiera se beneficiaría considerablemente.


Algo similar está sucediendo hoy, en los albores del siglo XXI. Desde el 12 de febrero de 2001, cualquier persona puede acceder a través de Internet al genoma humano, el mapa del código de genes que nos hace humanos. Sin embargo, pocos de nosotros entendemos lo que significa el poder tener acceso a él. Aquellos que sí lo entiendan - individuos, países, regiones - obviamente estarán en condiciones ventajosas para cosechar los frutos de esta revolución.

La genómica revolucionó las ciencias de la vida a tal punto que cambiará nuestra visión del mundo y el modo en que vivimos. Ya ha tenido repercusiones importantes en la agricultura y la ganadería, pero su influencia se extenderá pronto a practicamente toda la industria: desde los productos químicos y la energía hasta los seguros, los cosméticos y las fuerzas armadas se verán afectados. Sin embargo, ningún cambio será más intenso que el que experimentarán la medicina y la salud.

Gracias a la genómica, estamos comenzando a aprender mucho acerca de nosotros mismos, aunque todavía ignoramos el significado de la mayor parte de la información genética y de las funciones que desempeñan muchos de los genes. Cuando hayamos aprendido más, ¿qué sucederá? La atención de la salud pasará de ser reactiva a ser preventiva. Gradualmente, los médicos y los técnicos se volverán expertos en interpretar probabilidades en lugar de síntomas. Conocerán nuestra predisposición a padecer ciertas enfermedades y sabrán lo que debemos hacer para prevenir su aparición, así como también posibles efectos secundarios a ciertos fármacos.

Llevaremos tarjetas de identificación genética y consumiremos medicamentos cada vez más personalizados. Por consiguiente, la relación entre el costo de médicos y el de medicinas, que actualmente es 9:1, podría cambiar notablemente a cerca de 1:1 en los próximos 25 años. Las cirugías no serán tan necesarias. Tendremos una vida mucho más larga y gozaremos de mejor salud.

Actualmente, podemos ver estos cambios fundamentales en proceso. Empresas de biotecnología están elaborando biochips de silicón con ADN (ácido desoxirribonucleico) incrustado capaces de hacer pruebas sobre miles de enfermedades genéticas. Con el tiempo, estos microcircuitos del tamaño de una moneda podrán detectar casi todas las enfermedades y los defectos de origen genético. Es de preverse que la genómica también estimule nuevas vías de administración de los "remedios". Los bienes de consumo tales como los jabones, los champús, los cosméticos, los aerosoles, los alimentos y las bebidas podrían proporcionarnos las dosis diarias de medicamentos. Los productos para la salud formulados genéticamente podrían venderse en los supermercados y en los clubes deportivos, no sólo en hospitales y farmacias.

Beneficios de los genes

Estos acontecimientos, con sus futuros beneficios, están ocurriendo principalmente en las naciones más ricas del mundo. Pero los países en desarrollo no deben aislarse de la revolución de las ciencias de la vida. La genómica, al ayudarnos a trazar los mapas de los microbios y los virus, nos enseñará más acerca de las enfermedades y las epidemias que azotan al mundo en desarrollo y nos ayudará a idear tratamientos más eficaces.

Ya son más de 250 millones las personas en el mundo que se han beneficiado por los 130 fármacos y vacunas producidas por las empresas de biotecnología, según la Organización de la Industria Biotecnológica. Y actualmente, hay más de 350 productos biotecnológicos y vacunas en desarrollo. En tanto, la computación y la bioinformática - el uso de software para facilitar el descubrimiento de medicamentos - prometen seguir acelerando los adelantos en materia de fármacos, que beneficiarán por igual a los países ricos y pobres.

Aunque se reconoce ampliamente el potencial que tendrán los cultivos genéticamente modificados para favorecer a los países más pobres, una esfera igualmente importante de la genómica para los países ricos y pobres es la convergencia entre alimentos y medicinas. Así como los cultivos se pueden alterar genéticamente para que sean resistentes a los insectos o aumenten su valor nutritivo, también se pueden alterar para darles determinadas cualidades medicinales.

Por ejemplo, algunas compañías agroindustriales están aprovechando las cualidades excepcionales del brócoli italiano silvestre para combatir el cáncer y alterando las variedades comerciales del brócoli para que tengan esas propiedades. Otros están trabajando en un maíz modificado genéticamente capaz de atacar las células cancerígenas, combatir la osteoporosis y reducir enfermedades del corazón.

En otros países, hay investigaciones en curso para reprogramar los genes de ciertas frutas y hortalizas y convertirlos en vacunas contra el tétanos, la difteria, la hepatitis B y el cólera. Para deleite de los niños del mundo, recibir una vacuna pronto podrá ser cuestión de comerse una manzana, un plátano o una papa, en lugar de tener que inyectarse.

Esta convergencia entre el sector agropecuario y la medicina no se limitará a las plantas. Algunas empresas de biotecnología ya están diseñando genéticamente cabras que producen leche con proteínas y anticuerpos que combatan enfermedades humanas, incluyendo el cáncer. Y otras empresas buscan más recursos de avanzada: están tratando de producir antígenos en la saliva de mosquitos para que estos se conviertan en vacunas vivas contra una serie de enfermedades.

Desde luego, no hay ninguna garantía de que los frutos de la revolución de las ciencias de la vida beneficien por igual a todo el mundo. Las oportunidades incalculables que esta revolución ofrece sólo son comparables con el desafío enorme que implica compartir sus beneficios. Las estructuras políticas, sociales y económicas, junto con las decisiones en materia de políticas públicas, determinan la evolución de cualquier tecnología y sus aplicaciones. ¿Qué significado tendrá la revolución de las ciencias de la vida para el futuro de la salud pública en Latinoamérica y el Caribe? ¿Cómo podemos asegurarnos que la región participe en esta revolución y coseche sus frutos?

Otras revoluciones trascendentales del pasado nos pueden ayudar a contestar esta pregunta. Las revoluciones agrícola, industrial y de la información han puesto de manifiesto la importancia de comprender las reglas del juego y adquirir conocimientos prácticos del idioma "dominante".

Algunas personas, países y regiones comprendieron que las bases de la economía mundial pasaron de ser agrícolas a industriales (tener 12 hijos y una gran extensión de tierra de pronto importaba mucho menos que tener acceso a mil caballos de fuerza). Hoy, igual que entonces, los que comprendan la manera cómo la tecnología está cambiando las reglas y el idioma dominante - y los que preparen a sus sociedades para estos cambios - son los que cosecharán los frutos. Todos los demás corren el riesgo de quedarse aún más rezagados.

La revolución de las ciencias de la vida se basa en el idioma más poderoso que los seres humanos hayan tratado de descifrar jamás, el idioma de la vida, en el que está codificado cada ser vivo sobre el planeta. Esta revolución en realidad comenzó hace 49 años, en 1953, cuando James Watson y Francis Crick descifraron la estructura del ADN.

En la actualidad, el idioma de la genómica se está fusionando progresivamente con el idioma de la revolución digital, que de por sí transformó la economía mundial en los últimos 50 años. En los años sesenta, un tercio de la economía mundial era agropecuaria, un tercio era industrial y el otro tercio se basaba en los servicios y conocimientos. Actualmente, éstos últimos representan dos tercios de la economía mundial mientras que el sector agropecuario representa menos de 4 por ciento.

Estos cambios obligaron a algunos países pobres a reeducar a su población y a reinventar su economía, con lo cual hoy son mucho más prósperos. Singapur, Taiwán y Corea del Sur - que en 1965 eran mucho más pobres que México - son un ejemplo.

Esperanza de vida

Lamentablemente, la mayor parte de América Latina y el Caribe no ha logrado hacer los reajustes necesarios, y ahora vemos algunas de las consecuencias. En los países de la Región, muchas personas viven en condiciones difíciles. En las zonas rurales de Argentina, Brasil, Bolivia, Chile y México, más de tres cuartas partes de la población carecen de acceso a agua potable y a servicios de salud.

Aunque la esperanza de vida aumentó en el último medio siglo en casi todo el mundo, otras regiones han tenido más éxito que América Latina y el Caribe. En 1960, un habitante de la región podía esperar vivir 58 años; cerca de cuatro años más que alguien que viviera en Corea del Sur. En los decenios siguientes, Corea del Sur - que tenía pocos recursos naturales - invirtió en capital humano y, en 1999, el surcoreano promedio tenía una esperanza de vida de 73 años, dos años más que un habitante de América Latina.

En la mortalidad infantil se observan características similares. En los últimos 40 años, los países de América Latina y el Caribe han reducido la mortalidad infantil en un 70 por ciento; en Singapur y Corea del Sur, el decremento ha sido del 90 por ciento. En los años sesenta, un bebé argentino tenía 30 por ciento más posibilidades de sobrevivir que el niño surcoreano promedio. Hoy, un bebé argentino tiene el doble de probabilidades de morir que un bebé surcoreano (y eso que Corea del Sur no es el país más rico de Asia, ni Argentina es el más pobre de América Latina).

Pronto podrían agudizarse estas diferencias, por desgracia. Según datos del Banco Mundial, los gastos en salud en América Latina aumentaron de 5,8 por ciento del PIB a 6,4 por ciento durante la primera mitad de los años noventa. No obstante, este monto es mucho menor per cápita que en Asia: en 1995, los países latinoamericanos gastaron 192 dólares per cápita en salud, mientras que Singapur gastó 926 dólares y Corea del Sur, 551 dólares.

Durante décadas, quizás siglos, prácticamente todos los gobiernos latinoamericanos han pregonado a los cuatro vientos la prioridad que conceden a la educación y a la salud. Las constituciones de muchos países "garantizan" la salud y la educación como derechos inalienables. Pero ¿son la salud y la educación realmente una prioridad para América Latina y el Caribe, y es suficiente la prioridad por sí misma?

Algunos han argumentado que los ciudadanos de los países con una economía desarrollada sencillamente trabajan mucho más. Esa afirmación es falsa. El mexicano medio trabaja más horas que el japonés medio (el número promedio de horas trabajadas anualmente en México ha aumentado en más de 100 desde 1990). En efecto, en toda América Latina, las personas trabajan más tiempo y más arduamente que nunca. La diferencia esencial es la productividad, la cual depende de que los trabajadores de un país tengan suficiente que comer, estén sanos y reciban educación para usar el idioma económico dominante.

La inversión en salud pública es esencial. Pero no es sostenible sin inversiones paralelas en las ciencias, la tecnología y la investigación y el desarrollo empresariales. Una sociedad tiene que generar riqueza para poder invertir más en sus recursos humanos. Y hoy, rara vez se genera riqueza en una economía basada en conocimientos sin una población que conozca y utilice el alfabeto digital. Según la Escuela de Información y Sistemas de Gestión de la Universidad de California en Berkeley, más del 90 por ciento de la información producida en 1999 estaba en formato digital.

Muchos burócratas y encargados de formular políticas argumentan que no se puede tener todo en la vida: o se invierte en atención a la salud y educación básica o se desvían los recursos hacia investigación y desarrollo. Esta dicotomía es falsa porque no son metas excluyentes. Por el contrario, se refuerzan mutuamente. Aunque este objetivo pueda parecer inalcanzable en África o en las zonas más pobres de América Latina, cabe recordar que el ingreso per cápita de Corea del Sur en 1960 era el mismo que el de Ghana.

Para que los latinoamericanos cosechen los frutos de la revolución de las ciencias de la vida, deben redescubrir la importancia de las ciencias y de los científicos como componente indispensable del desarrollo. La Conferencia Internacional sobre el Financiamiento para el Desarrollo, auspiciada recientemente por las Naciones Unidas en Monterrey, México, no tendrá ninguna repercusión si la ciencia y la tecnología no son la espina dorsal de cualquier estrategia de desarrollo.

Patentar conocimiento

Un buen barómetro de la capacidad de un país para producir conocimientos, aplicarlos y utilizarlos para generar riqueza es su habilidad para conseguir patentes. Lamentablemente, América Latina y el Caribe no obtienen una buena calificación en esta materia. De las 13.566 solicitudes de patentes presentadas en México en 2001, por ejemplo, solamente 5 por ciento provinieron de mexicanos. De 1997 a 2001, las universidades argentinas, brasileñas y mexicanas no lograron obtener ni una patente al año, en promedio, en Estados Unidos. En cambio, durante el mismo período, Estados Unidos otorgó 191 patentes a la empresa Yissum Research Development Company de la Universidad Hebrea de Israel. La Universidad de California obtuvo más de 1,800 patentes entre 1997 y 2000.

Este triste ejemplo sobre las patentes no es ninguna sorpresa si se considera que México tiene, por cada millón de habitantes, 214 científicos dedicados a la investigación y desarrollo y Argentina, 660 por millón. Corea, por el contrario, tiene 2,235 científicos, y Singapur, 2,318. No es fortuito que el trabajador surcoreano medio gane actualmente tres veces más que el mexicano medio (aunque a penas en 1975, los trabajadores mexicanos ganaban cinco veces más que sus homólogos surcoreanos).

La mayor parte de las patentes que Estados Unidos está otorgando ahora se relacionan con la biotecnología, ya no con la informática o las telecomunicaciones. Aunque casi todos los países latinoamericanos quedaron fuera de la revolución digital, no pueden darse el lujo de dejar de participar en la revolución de las ciencias de la vida apostando su futuro a las exportaciones de productos básicos y a la mano de obra barata.

Ni los países ni las personas pueden seguir haciendo lo que siempre han hecho sin rezagarse más y más. Esto no significa que todos los países deban convertirse en un conglomerado de industrias biotecnológicas. Pero lo que sí es cierto es que al menos algunos ciudadanos y empresas tienen que ser alfabetizados en este nuevo idioma, y cuantos más, mejor. México redujo sus gastos en investigación y desarrollo entre 1985 y 1995, de 0,44 por ciento a 0,33 por ciento del PIB. En 2001, las inversiones del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología se redujeronen casi una tercera parte. Cuanto más reduzcan su presupuesto, más lejos estarándel desarrollo.

Debemos generar más conocimiento en nuestros países y patentar más conocimientos también en Estados Unidos y Europa. La disminución de la inflación y, lo que es más, la reducción de los gastos públicos pueden ayudar a estabilizar las economías de la región. Sin embargo, estas son medidas provisionales que rara vez generan una enorme riqueza nueva, que sólo algunos logran.

Se han aprendido tres lecciones fundamentales en las últimas décadas. La primera, que la inversión en los proyectos basados en la explotación de recursos naturales no es el camino a la riqueza. Baste el ejemplo de los países ricos en petróleo: Irán, Iraq, Arabia Saudita, Nigeria, Venezuela y México.

La segunda, que los países necesitan invertir principalmente en las personas, en particular en la salud pública y la educación basada en las ciencias. La tercera es que las actividades científicas deben transformarse en compañías viables, si no los ingresos y las inversiones en capital humano tienden a colapsarse.

La directora general de la Organización Mundial de la Salud, Gro Harlem Brundtland, escribió en el informe de la OMS La genómica y la salud mundial, que se publicó a comienzos de año: "Es una realidad que en su mayor parte las investigaciones genómicas y biotecnológicas se llevan a cabo actualmente en el mundo industrializado y responden principalmente a los imperativos del mercado.

La genómica también se tiene que aplicar a los problemas de salud del mundo en desarrollo. Es crucial que busquemos activamente los medios para incorporar a los científicos de países en desarrollo a la biotecnología". Para América Latina y el Caribe, el futuro de la salud pública podría volverse mucho más positivo, y la calidad de vida en general mucho mejor, como resultado de la revolución de las ciencias de la vida. Pero esto no sucederá a menos que los países de la Región inviertan en sus ciudadanos y los preparen, no sólo para que se adapten, sino para que se beneficien del cambio.

Nota realizada por : Juan Enríquez es director del Proyecto de Ciencias de la Vida de la Escuela de Administración de Empresas de Harvard, en Boston, Massachusetts, EE.UU., y autor de As the Future Catches You: How Genomics & Other Forces are Changing Your Life, Work, Health & Wealth. Rodrigo Martínez es investigador asociado, también del Proyecto de Ciencias de la Vida de Harvard. Los autores también desean expresar su agradecimiento a Ray Goldberg, profesor emérito de la Escuela de Administración de Empresas de Harvard, y coautor con Enríquez de "Transforming Life, Transforming Business: The Life-Science Revolution", publicado en Harvard Business Review en 2000.


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Fuente consultada :OMS

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