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Viernes 21 de noviembre del 2008
 
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Riesgos temerarios



Las vidas de esos niños perdidos están en situación de riesgo desde su nacimiento debido a la desnutrición, las frecuentes enfermedades y los entornos antihigiénicos.

Todos ellos son hijos de pobres; son unos 600 millones y subsisten con menos de un dólar diario. Esos niños pueden encontrarse en muchas de las poblaciones cuyas pasmosas estadísticas se superponen las unas a las otras: más de 200 millones de niños que padecen de hipotrofia nutricional, cerca de 170 millones de niños cuyo peso es insuficiente. Esos niños figuran en el grupo del 40% al 50% de los menores de cinco años de países en desarrollo que padecen de carencia de hierro; figuran entre los 31 millones de refugiados o personas internamente desplazadas alojados en campamentos en todo el mundo y entre los casi 1.000 millones de personas que ingresaron en este nuevo siglo sin saber leer ni escribir.

Es bien posible que los niños perdidos pertenezcan a minorías étnicas que no dominan el idioma nacional y cuyas tradiciones no forman parte de la cultura prevaleciente en un país. Al quedar excluidos de esta manera, también es posible que se les denieguen sus derechos a la ciudadanía y la educación y que, por consiguiente, sean más vulnerables a la explotación. Los niños excluidos suelen ser niños aislados geográficamente, que viven en zonas donde hay pocas escuelas y escasean otros servicios básicos. Las vidas de esos niños están constreñidas por el trabajo. Es posible encontrar niños de corta edad, hasta de cinco años, en zonas rurales, en tierras de cultivo de sus padres, junto a los adultos en explotaciones agrícolas comerciales, tanto en países industrializados como en países en desarrollo.

En algunos casos, los niños menores de 10 años constituyen un quinto de la fuerza laboral infantil en zonas rurales. El agotador trabajo agrícola, sometido a un calor y un frío extremos, a largas horas, a movimientos y cargas repetitivos, agobia los cuerpos de los jóvenes. A menudo se producen casos de contactos con productos químicos y plaguicidas: por ejemplo, se calcula que en las zonas rurales pierden la vida más niños trabajadores debido al envenenamiento con plaguicidas que a causa de todas las demás enfermedades más comunes de la infancia combinadas. El trabajo es tan abrumador que quienes tienen la fortuna de asistir a la escuela después de pasar un día en los campos suelen quedar demasiado exhaustos para aprender.

Muchos niños perdidos son niñas. La discriminación por motivos de género se combina con la pobreza para aniquilar su sentido de autonomía y de su propia personalidad, así como su potencial. Muchas familias pobres, por ejemplo, cuando han de optar entre enviar a una hija o a un hijo a la escuela, por consideraciones de género postergan a la niña. En consecuencia, en lugar de recibir una educación, millones de niñas tienen que aceptar el trillado camino de las tareas domésticas, el trabajo en el hogar para sus propias familias o fuera del hogar para otros. Esas niñas figuran entre los menos visibles de todos los niños así explotados, pues las tareas domésticas realizadas por niñas y mujeres ni siquiera suelen estar dignificadas con la denominación "trabajo".

La humildad y la baja condición de sus esfuerzos suscitan nuevos riesgos para las niñas: muchas de ellas son objeto de malos tratos físicos y abuso sexual. Además, en los casos más brutales de las tribulaciones de esos niños perdidos, varios millones -principalmente niñas- se ven obligados a incorporarse al mundo tenebroso de la trata de personas y la explotación sexual. Debido a la naturaleza clandestina y delictiva de esas actividades, las estadísticas carecen de precisión; no obstante, según se estima, en los últimos tres decenios y solamente en Asia y el Pacífico, la trata de niñas y mujeres con fines de explotación sexual comercial ha afectado a más de 30 millones de personas.

Se cree que en Nepal, entre 5.000 y 7.000 niñas son objeto de trata transfronteriza cada año hacia países vecinos. Las sevicias que sufren estas niñas tienen consecuencias a largo plazo, que ponen en peligro sus vidas, entre ellas los traumas psicológicos, los riesgos de embarazo precoz con sus peligros concomitantes y el contagio con el VIH/SIDA y otras enfermedades de transmisión sexual. Otra nefanda forma de explotación a la que se ven sujetos los niños es la conscripción forzada o la coacción para que participen en conflictos armados. Según se estima, en el decenio de 1990, en numerosos países se ha obligado a unos 300.000 niños a servir en las fuerzas armadas gubernamentales o de oposición.


En Liberia, donde una ignominiosa guerra civil prolongó su saña durante siete años hasta 1997, 750.000 liberianos se vieron obligados a marcharse de su país debido al conflicto, mientras más de un millón quedaron internamente desplazados y más de 150.000 perdieron la vida. Sirvieron como soldados unos 15.000 niños, algunos de hasta seis años de edad. Muchos de esos niños se consideraban "combatientes feroces": jóvenes que habían sido obligados a cometer atrocidades contra sus propias familias o aldeas, como demostración de lealtad hacia sus comandantes. En otro aspecto brutal del conflicto, las facciones en pugna sometieron a la esclavitud sexual a miles de niñas.





Coordinadora: Claudia Cattivera Webmaster: Agustin Chamero   




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